domingo, 13 de diciembre de 2015

La voz de lo inerte

Relatos cortos publicados semanalmente en: PontevedraViva

En este volumen los objetos cobrarán vida por un momento. Plasmarán entre 400 y 1500 palabras sus pensamientos. Lo justo para expresar aquello que siempre quisieron decirle a los demás objetos, a sí mismos o a las personas. ¿Cómo nos ven? ¿Cómo soportan su existencia y qué opinan sobre nosotros? El zapato es un dios por un momento y el interruptor un asesino que se jacta de su hazaña. La muñeca se cree mujer de carne y hueso y el vaso ahoga sus reflexiones en la filosofía y en la poesía.
Guillermo Cerviño Porto.
08 de junio del 2015

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Fecha de registro: 08-jun-2015 16:07 UTC






TEN EN CUENTA QUE:  La voz de lo inerte son relatos  independientes, mientras que Un viaje increíble se trata de un cuento dividido en cinco partes, cuya lectura ha de hacerse por orden.



sábado, 12 de diciembre de 2015

La voz de lo inerte #20: La pluma y el mago

Es esta una historia cuyo corazón conforma el relato breve publicado el 15 de agosto de este año como: La voz de lo inerte #10 (La pluma). En realidad, ha sido este corazón el que, reivindicando las costumbres y sutilezas de una época dorada, no solo para la literatura de España, sino para el resto de países del mundo, se ha expandido en todas direcciones, desempolvando los retazos de papel y tinta a la luz de una vela que nos mostrará hoy cómo ha sido este objeto inerte dotado del más maravilloso de los milagros, que es la vida. Así pues, se trata de un efecto retroactivo, ya que, sin la existencia de este testimonio nos sería imposible conocer ahora los detalles de su antecedente. Y la fuerza motriz es la magia. Una magia procedente del alma de un ser fabuloso. El coprotagonista de esta historia que os traigo: el mago. Espero que os guste.
(I) El mago siempre quiso sonreír. Sonreír sinceramente. Sonreír de verdad. Y no viéndose capaz de hacerlo, ni sabiendo en qué emplear su poder ni su eterna disposición del tiempo, decidió aplicarse a la profunda observación del habitáculo en el que se encontraba. Su lugar preferido. Y es que solo el aburrimiento osaba templar sus nervios de acero. Solo el lento pasar de los siglos y la vacuidad de su existencia inmortal doblegaban su infalible magia. Así que lo observó todo por enésima vez. ¿Qué podía encontrar que llamase su atención? ¿Acaso era posible escapar a la implacable avidez de sus ojos? No lo creía. Sin embargo, y no teniendo nada mejor que hacer, observó. Objetos de alquimia dispersos en un orden que solo él acertaba a encontrar henchían el cubículo junto con otros cuya aplicación se había esforzado en olvidar. Burbujeantes probetas llenas de vida en sus más recónditas formas. Calderos ardientes hirviendo y humeando por toda la eternidad. Bolas de cristal. Pergaminos mágicos. Libros arcaicos llenos de hechizos y maldiciones. Sellos lacrados con la sangre de mil criaturas que, junto con una pátina de polvo milenario, decoraban los escritorios y las estanterías hechos de maderas únicas y excepcionales.
¿Y de qué sirve todo eso ―se preguntó fingiendo que alguien podía escucharle―, en una soledad tan absoluta como la mía? 
Una sola palabra sincera. Una sonrisa de complicidad. Un gesto de cariño y comprensión. Por cualquiera de esas cosas daría su poder al completo. Se entregaría a una existencia mortal con todos los sufrimientos que ello conlleva. Y lo haría por ver cegados sus ojos con el suave terciopelo de la pasión. Por sentir un leve escalofrío recorriendo libre su piel, erizando su vello. Por descender por los abismos de la perdición después de haber flotado en los del amor verdadero.
¿Y qué importa si he de ver lacerado mi pecho con los alfileres de la inevitable traición que caracteriza a los hombres? Mejor es eso que ahogarse por siempre en un mar desprovisto de sensaciones, huérfano de sentimientos y emociones capaces de hacer palpitar un corazón hecho de hierro, de sembrar el caos en una mente poderosa y comedida.
Sin ver inmutada ni una sola partícula de su ser, alzó una mano y dejó que el azar señalase un objeto cualquiera a través de su extendido índice. Su rostro frío poseía la quietud de los siglos. Su mirada inmóvil, la profundidad de los océanos. Entonces, con una sonrisa y un suspiro de resignación trató de engañarse a sí mismo. Trató de imaginar que un sentimiento cruzaba por su corazón a través de su sangre inmortal.
Señaló una pluma casi oculta entre mil papeles viejos y amarillos.
―Tú ―dijo en alto y se rascó la barbilla―. ¿Qué emociones podrías sentir, objeto inerte, si por un momento te vieras dotado de animación? Ya casi he olvidado tu naturaleza, y sin embargo, siento que tu esencia es magnífica y que tu existencia ha dejado un rastro que otros han seguido con dicha. Hueles a tierra árida, a caminos polvorientos y a la agitada respiración de un rocín moribundo. Hueles a metal oxidado. A planicie casi infinita. A reinos en constante lucha. A imitadores de pacotilla. Y solo tú, insignificante pluma, posees la dignidad capaz de librar al hombre de sus más cruentos pecados. ¿Cómo puede ser eso?
Su voz, severa y solemne, reverberaba enérgica por el cuarto. Por los cielos y las montañas. Por todas partes. Su poder desgajaba sin esfuerzo la esencia atrapada en el objeto, y esta flotaba a su alrededor tan diáfana para él como una voz sonora. Como una voz real.
Pero no era lo mismo.
―Y precisamente tal cualidad te será concedida por mí ―añadió respondiendo a sus pensamientos con los ojos fruncidos clavados en la pluma de ave, todavía manchada con añosa tinta―. ¡Te ordeno que hables! ¡Te ordeno que expulses aquí los anhelos que por siglos se han visto atrapados en tu cuerpo inerte!
Y la pluma habló.

Y dirigiéndose al ser supremo que antaño le había dado vida, pronunció estas palabras:
(II) Acontece a un padre tener un hijo feo y sin gracia alguna, decía don Miguel. Y con razón. Y como yo, cual flaco rocín cargase a lomos la adarga antigua, la lanza en astillero y demás chirimbolos, soy testigo de las palabras que mi sangre ha dado forma a través de mi espina de caña, y plasmados sus trazos sobre el amarillo lienzo, al olvido he echado sus años a cuestas. Sus dicciones y susurros de locura cosechando polvo y escarcha, según se tercie. Sin caros ni baratos los lectores que a través de mí le dijeren a uno lo bello de leelle las vuestras hazañas, siempre en pro de los menesterosos, que son hoy los faltos de saber. ¿Y qué ha uno de inventar cuando el tiempo todo lo arrastra allá donde el hueco no encaja con la forma? ¿Adecuarse? Adaptarse o morir, dicen los sabios y también los eruditos. Pero es cosa inútil. ¡Acorredme, pues, señor mío, en esta última afrenta que a este vuestro avasallado pecho se le ofrece! Y como la prodigiosa mano de la que siempre he sido esclavo temía, sin par en el sentido estricto de la palabra, y si bien el prestigioso hidalgo no ha quedado sepultado en los archivos de la mancha, sí la elegancia de su lengua se torna agora inexistente. Y a fe mía que con vileza se ha visto sustraída de la luz del mundo moderno por aquellos que con su indiferencia otorgan, y con su evolución destruyen. ¿Queréis ver si es verdad lo que digo? No puedo sino emular por veces los enunciados, que con sus erratas y beldades originales, en tantas ocasiones han visto la vida a través de mi cálamo. ¿Cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué será del mañana? ¿El cómo vendrán a citación los sentimientos, tan llenos de elocución y alteza de estilo, que de ningún otro modo expresarse puedan? Nadie viene presto a responder a propósito de lo que pregunto, porque, para empezar, ya se halla mi vocabulario brutescamente adulterado con los usos impertinentes de los que he sido objeto. Espero no estar en la verdad en este caso, aunque eso me temo, y menos luego de ver la tierra desde los cielos, y ver los cielos desde la tierra, pues antes de que el tiempo oxide mi existencia y el olvido los pensamientos se lleve, impregnaré una postrera vez su gallardo espíritu, para que al igual que él, mi viejo y único amigo, mi existencia deje mácula en los corazones de los que todavía están por nacer
(III) El poder se desvaneció, cual débil luz de una vela al viento, con el descomunal impacto de una sola lágrima sobre las tablas del suelo. El mago fue despojado de su coraza. Desnudo. Su pecho henchido de rica aflicción. Su respiración agolpada en lo alto de su garganta. Exangüe, si tal cosa fuese posible en un ser supremo, y todavía saboreando la sensación de verse atrapado en las palabras de la vieja pluma, dejó caer su brazo alzado y este golpeó contra su muslo derecho. El impacto provocó explosiones y maremotos terribles en los mundos que yacían por siempre a sus pies. Pero nada de eso tenía importancia, porque un fantástico torrente de emociones corría desbocado por su alma virgen. Confundía sus inmaculados pensamientos. Trastocaba su férrea existencia por primera vez.
Y el mago por fin sonreía.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Un viaje increíble

Aquí encontraréis un cuento de terror titulado UN VIAJE INCREÍBLE, dividido en cinco partes y publicado en Pontevedra Viva. ¡¡Espero que lo disfrutéis!!


TEN EN CUENTA QUE:  La voz de lo inerte son relatos  independientes, mientras que Un viaje increíble se trata de un cuento dividido en cinco partes, cuya lectura ha de hacerse por orden.




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Fecha de registro: 08-jun-2015 16:07 UTC
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domingo, 6 de diciembre de 2015

Aquí encontraréis diferentes relatos de terror que he ido publicando, algunos de certámenes y otros de blogs amigos. Y también aquellos incluídos en la serie La voz de lo inerte.

TEN EN CUENTA QUE:  La voz de lo inerte son relatos  independientes, mientras que Un viaje increíble se trata de un cuento dividido en cinco partes, cuya lectura ha de hacerse por orden.




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sábado, 5 de diciembre de 2015

La voz de lo inerte #19: El reflejo de los muertos (Un viaje increíble V, final)


TEN EN CUENTA QUE:  La voz de lo inerte son relatos  independientes, mientras que Un viaje increíble se trata de un cuento dividido en cinco partes, cuya lectura ha de hacerse por orden.


El final de una historia siempre nos deja un regusto que a menudo perdura largo tiempo. A veces para siempre. Sin pedir permiso se abre un hueco en el almacén de nuestro recuerdo y allí se queda, exhalando sensaciones y trasmitiéndolas en el momento preciso. Una imagen… Una melodía… Un reflejo… Y es que tras cientos de palabras sucedidas ante nuestros ojos, a veces ávidos y atentos, a veces cansados y persistentes, miles de pensamientos trasmitidos de una mente a muchas mentes a través del papel, digo pues, que si bien resulta imposible recordarlo todo, fácilmente nos queda su esencia. Su gota de concentrado recuerdo.
Y aflora esta en ocasiones como perfume de un ser querido en tu ropa. Como un dedo marcado en blanco sobre nuestra piel. Si podéis comprender esto comprenderéis cómo me siento ahora mismo. Qué es aquello indescriptible que ha quedado grabado en mi ser, miles de años después, como una mano plasmada en el cristal. Una seña que, oculta a los más vívidos rayos del sol, aflora al término y al comienzo de cada día, cuando la escarcha recubre sus dedos contorneados y los envuelve en un cariz fantasmal. Así me siento yo. Triste mota de polvo. Y a veces se me olvida. Es normal. El tiempo es poderoso y nada sobrevive a su lento pasar. ¿Qué esperabais? Pero esas marcas reaparecen una y otra vez en el cristal de mi recuerdo. Se desdibujan un instante para desaparecer de nuevo y dar paso a la oscuridad… o a la luz. Tanto da.
Tras La voz de lo inerte #15, #16, #17, #18 por fin llega el final de la serie. Espero que lo disfruten y que se perpetúe esa maravillosa gota de esencia en alguna parte de vuestro recuerdo. De vuestro yo más íntimo.
(I) ¿Cómo describir mi sorpresa? Sin duda, jamás lograré haceros llegar las sensaciones que mi cuerpo percibió al entrar en aquella buhardilla. Era ese un lugar de ensueño. Inundado de luz y calor, rodeado por completo de impresionantes vistas que, a través de los cristales tintados de colores rojos y verdes me sumieron en el más asombroso de los asombros. Y tras unos minutos de observación, por fin pude moverme. Ya no tenía frío. Ya no tenía miedo. Ningún ruido traqueteaba para advertirme del peligro. Ya no crujía la madera ni bramaba el viento contra las paredes. La calma era absoluta. Deliciosa. Y un mullido edredón sobre una cama de cuento parecía querer abrazar mi cuerpo desnudo cuanto antes. Deseo que concedí de inmediato. Me dejé caer hacia atrás con los brazos abiertos y los ojos cerrados. Mil sensaciones indescriptibles, suaves y algodonosas me envolvieron en el acto. Seducida de pronto por pensamientos que, como sueños, incurrían en mi mente haciéndome olvidar quién era yo en realidad y cuál era mi misión en ese lugar. Y es que en ese momento no me importaba nada más que la certeza de que permanecería allí para siempre. Por toda la eternidad. Claro que para siempre no es posible en un cuerpo hecho de piel y hueso… y vísceras… y sangre. Más tarde lo comprobaría.
Cuando abrí los ojos mucho rato después ya no estaba tumbada sobre la cama, sino de pie ante un bulto de tela y polvo. El espejo se presumía por detrás, y me sorprendió que no hubiese reparado en él en mi primera inspección visual. Pero allí estaba, inmóvil y expectante. Y al retirar la tela de un tirón se formó en el aire una nubecilla de polvo, tal vez milenario, que me hizo parpadear y toser durante unos cuantos minutos. Y que al aclararse me revelaron unos ojos grandes y azules devolviéndome la mirada, mis propios ojos, despiertos y llenos de vida bajo largas y finísimas pestañas. Mi piel, porcelana blanca. Frescas y sonrosadas mis mejillas. Y un suavísimo tono rojo endulzaba mis labios entonces sonrientes. Con súbita alegría recorrí mi cuerpo con la vista casi notándola físicamente.
Como un dedo juguetón bajando a mis pies y subiendo de nuevo hasta un rostro feliz y contento. Y entonces con las manos, tal y como había hecho en aquel siniestro sótano. ¡Pero, ah, qué increíble diferencia! ¡Qué sensación indecible de placer y libertad! ¡Y los campos color del oro se extendían bajo el sol en todas direcciones! Y en lontananza, en esa línea bien perfilada que se unía con el mar… ¡cuán violentas eran las embestidas de un mar bravío y tempestuoso y qué sereno me parecía desde ahí arriba! Giré sobre mí misma y de nuevo me miré reflejada en el espejo. Y de nuevo recorrí cada pedazo de mi piel con mis manos, como si no fuese mía… ¡Porque no es tuyo este cuerpo! me dije y no hice caso. De ninguna manera iba a renunciar a él. ¡A todas esas sensaciones imposibles de imaginar! ¡A todas las que estaban por llegar y descubrir! ¡No!, grité de pronto, atemorizada porque me fuera arrebatado.
Y el reflejo se borró del cristal con un sonido extraño. Un chasquido de dedos. Supe que por fin lo había encontrado. A él. A quien quiera que fuese el que con tanta ansia buscaba. Y que tenía para ella su mensaje preparado. Mi vista se sumergió en el cristal líquido y la luz dio paso a la oscuridad. Y me dijo:
El reflejo de los muertos

Estoy muerto. Hace tiempo que lo sé. Vago por una imperturbable oscuridad como un simple pensamiento. O un conjunto de pensamientos. Como un cabello en la tempestad y la calma. Y de nuevo la tempestad. Y de nuevo la calma. Como un pez que jamás recorrerá la inmensidad del mar ni tendrá conciencia de ella. Imagino tus preguntas: ¿Hace frío en ese lugar? ¿Se escucha el rotor de las cadenas? ¿Fuego eterno, tormento sin fin? O por el contrario todo es paz y amor, luz y alegría, como se nos promete en las religiones del mundo. Y yo te digo que no hay nada, amada mía. Lo siento, pero esa es la terrible verdad. Y yo existiré tanto tiempo como me recuerdes. Como me quieras o me odies.
    Pero no si me temes.
¿Y mientras tanto qué?
Nada. Digamos que, mi agonía se extiende por el infinito inmaterial bajo esa horrible amenaza. Solamente es mi cuerpo el que ha dejado de existir. Yo hablo de la verdadera muerte. La del alma y el espíritu. La muerte del pensamiento. La extinción del último átomo de luz de nuestra conciencia. Lo otro… ¡Bah! Solo la desaparición del mundo material. El adiós definitivo a los olores, colores, al molesto ruido de las ciudades, a las sensaciones que permanecen días y días en lo alto de nuestro pecho, desperdiciando nuestro tiempo, torturándonos… No sé si podrás comprender lo que digo. Lo que es seguro, es que lo harás algún día. Y es mi intención esperarte con una metáfora hecha de una sonrisa. Con los brazos abiertos. ¿Será eso posible? Digo inmaterial, porque no tengo cuerpo, ni sentidos que aguzar, como la vista, el oído o el tacto. Eso es privilegio de tu mundo y el que era el mío. Soy una luz ahora que lucha en la oscuridad. Solo eso. Una luz sostenida por tu memoria. Una reflexión atrapada en un segundo. Atrapada en un lugar que no existe para mí. En un tiempo detenido, congelado. En un universo tan grande como una gota de agua.
Es suficiente.
Pero no es mi intención afligirte con esta carta, porque nada de esto es tan grave si consigo que me veas. Puedo existir eternamente, como he dicho, si mi recuerdo permanece vivo en tu corazón. Y más presencia tendré en mi espíritu cuanto mayores y más efusivas sean las emociones y los sentimientos que mi ausencia despierte. No sabría decir. Y por eso estoy a veces mejor… a veces peor. Y por eso puedo empujar, a veces, un cristal sobre el cual se apoyan unos cuantos dedos adolescentes. Sobre los cuales se apoyan esperanzas o deseos. Incluso la simple curiosidad de un desconocido. Eso me da la fuerza para volver a tu lado. Esas risas nerviosas, juguetonas, no son sino ingenuidad. Lo demás, imaginaciones.
Pero nunca deben ser temores.
Pero la mía es una carrera sin meta. Un objetivo quimérico. Una espera que tarde o temprano llegará a su fin. ¡La muerte! ¡Oh, Dios mío, qué horrible palabra! ¡Por favor, que alguien me ayude! ¡Qué alguien me saque de esta oscuridad sin fin! ¡Qué solo me encuentro sin ti!
Ya estoy mejor, amada mía. No quiero asustarte. Esa es la clave de todo. Porque mi lucha es mostrarme a ti y que tú me veas. Mostrarte el reflejo de quien era antes. Mi reflejo. El yo que tú conociste en vida. Apenas una proyección difuminada, lo sé. Un holograma desdibujado sobre una pared rota, tal vez. Una pared corroída por la humedad y el tiempo. Así es más fácil. Un leve empujón sobre las ondas del aire para distorsionar una voz… un sonido. Porque aquí no hay voz ni sonido, amada mía. Aquí no hay nada. ¿Y qué ocurre entonces? Ocurre que te asustas. ¡Oh, Dios mío! Que me tienes miedo. ¡Un fantasma! gritas por dentro. ¡Un muerto viviente! ¡Un ser de otro mundo! ¡No, no y mil veces no! ¡Eso no puede ocurrir!
Pero ocurre. Y tu sangre se te congela en un segundo. El miedo te paraliza. Interrumpe tus sentidos. Detiene tus pensamientos. Se encienden todas las alarmas de peligro en tu interior. En tu raciocinio burlado, confuso… cuando en realidad no hay nada que temer. No para ti, querida mía. No para ti.
Pero sí para mí.
Porque me temes.
Porque la imagen que transmito se corrompe con tu miedo. Se transforma en terribles monstruosidades en tu imaginación. En tus crispados nervios. Y yo me siento apenado y pierdo mi fuerza. Esa que antes me dabas con tu recuerdo. Con tu amor. Con tus plegarias. Y mi reflejo se distorsiona a tus ojos causándote un terror indecible, un pavor indescriptible… ¡Cuánto sufro en esos momentos, amada mía! ¡Cuánto miedo me haces pasar!
Luego regreso a la oscuridad y me fundo con ella, derrotado, vencido, retrocedo lentamente como un espectro al triste vacío de mi inexistencia. ¿Pero no decías que no había nada, que no sentías nada? me preguntas. Es cierto, amada mía. Pero puedo sentir lo que tú sientes, mientras tú lo sientes. Incluso aumentado por mil. ¡Por un millón! Y mi fuerza se desvanece todavía más justo en ese instante. Y desparezco por veces para regresar de nuevo… con tus últimas dudas. ¿Será él? te preguntas con el corazón en un puño. Tal vez con lágrimas en los ojos. Y si es él… ¿por qué me atormenta? ¡Oh, amada mía! ¡Y entonces quieres olvidarme para siempre! ¡Olvidarlo todo! ¡Y yo me voy muriendo! ¡Y voy desapareciendo!
Y de nuevo intento que me veas, pero es inútil, porque mi reflejo es ya una abominación. Intolerable a tus ojos llenos de ternura y miedo. Y tu terror es puntiagudo, amada mía. Como un cuchillo afilado. Cruel. Terrorífico. ¡No sabes cuánto!
Tal vez cuando leas esta carta ya no pertenezca al otro mundo. A ningún mundo. Quiero que sepas que te quiero. Que lo he intentado hasta el momento de mi extinción.
(II) Terminado el mensaje, como una explosión fuerte y silenciosa regresó la luz. Pero no había belleza ya en ese cuerpo de mujer. Tampoco juventud. Ni siquiera conciencia o lucidez. No había nada. Ni siquiera cuerpo. Y en este preciso instante me derrumbé entre una nube de polvo sobre la madera del suelo, quedando un montoncillo de huesos amarilleados y corroídos por el tiempo. Y por si fuera poco, como si el mismísimo sol estuviese esperando a que el acto tocase su fin, agachó su cabeza furtivamente tras la línea del horizonte y la luz dejó de existir. Y las sensaciones se dispersaron en la oscuridad, gimiendo y chillando y arañando y royendo… con sus ojillos rojos y demoníacos. Entonces, con gran estruendo, todas las ventanas se abrieron y un viento tempestuoso barrió el habitáculo. Me transportó a las alturas. Me expulsó por fin de aquella mansión terrible. El trabajo estaba hecho. Ella obtuvo por fin el ansiado mensaje. Y yo… Bueno, yo volví a ser quien era… quien siempre he sido. Una triste mota de polvo en la inmensidad.

sábado, 28 de noviembre de 2015

La voz de lo inerte: #18 La buhardilla (Un viaje increíble IV)

Si volvemos la vista atrás, exactamente siete días, podremos visualizar a nuestro misterioso personaje, convertida ahora en una bella y joven mujercita. Al pie de unas escaleras de caracol de vieja madera, vela en mano, cubría su desnudez con una mantilla de lino, tal vez de algodón, y nos mostraba un rostro iluminado por la cálida luz del día que, como velo ardiente, dejaba caer sus rayos para que se derramasen sobre su piel y sobre su pelo. Esta es la cuarta entrega de las cinco que conforman la pequeña serie de terror y fantasía iniciada el siete de noviembre. Recordad. Todo comienza en: La voz de lo inerte #15 y #16 (Hallazgo asombroso I y II) y continúa con La voz de lo inerte #17 (Hacia lo alto de la escalera) para concluir el sábado próximo con La voz de lo inerte 19# (El reflejo de los muertos).
Me gustaría que os preguntaseis una cosa: ¿Quién nos susurra al oído? ¿Qué personaje inerte protagoniza este fantástico viaje?
Caminé de puntillas casi todo el trayecto. No porque no quisiera hacer ruido, ni por causa del miedo, sino porque me gustaba hacerlo. ¿Cómo dar una mejor explicación? Me sentía bien. Es todo. Y ni en todos los eones habidos y por haber hubiese imaginado la delicadeza de la brisa sobre mi piel. Las rachas fuertes y a la vez suaves agitando mi pelo sobre mis hombros y mi espalda. ¡Ah, la vida y sus dulces y breves momentos!
Llevaba ya un buen trecho recorrido. La altura era considerable. Y ni por un momento dejaba de seducirme esa calidez extraordinaria de la madera sobre la planta de mis pies, en el breve pero intenso instante en que me elevaba sobre mis dedos pulgares y ladeaba mis caderas. Primero a la derecha. Después a mi izquierda. Podría continuar de ese modo por toda la eternidad. El caso fue que había dejado la vela atrás, con su palmatoria y sus raíces de cera derretida, en un recodo de la escalera más abajo, pues a esta altura ya no tenía necesidad de ella. La luz era brillante, dorada, esplendida y portentosa y me regalaba su inagotable fuente de calor y bienestar. Era un calor diferente a cualquier cosa que uno pueda imaginarse. Era más como… como un abrazo. ¡Qué cosa tan normal para vosotros! Pues así era, como una caricia protectora, rebosante de amor y ternura. La había apagado aplastando la llama con mis dedos, hablo de la vela, con la idea de tomarla a mi regreso. Lo cierto era que no sabía si podría abandonar este paraíso extraño y acogedor. Si querría. ¿Quién iba a impedirme permanecer la eternidad entera en este precioso lugar si quisiese? ¿En este lugar de ensueño? Supuse que nadie. Y al proyectar un momento la vista hacia abajo me sobrecogí. Tuve miedo. Pero solo fue un instante antes de elevarla de nuevo a mi destino, tan lleno de luz y esperanza. ¿Qué me esperaba ahí arriba?
Sin embargo, ese vistazo quedó cincelado en mi mente como una advertencia terrible. Como una imagen residual entre mis ojos. ¿Qué ocurriría al volver? Y si antes lo sospechaba, entonces estuve segura. La oscuridad palpitaba desesperada ahí abajo, deseosa de poseerme, de capturarme. Y al aguzar el oído la escuché gritar. Llamándome y prometiéndome una venganza segura si no acudía de inmediato. Y aunque segura de que esos pensamientos, esos temores, no eran los míos, volví la vista abajo, con desdén. Miré de hito en hito a la cara de las tinieblas y le sonreí. Para desafiarlas. Porque no pude no hacerlo. ¿Acaso la transformación que había comenzado en los sótanos todavía continuaba en proceso en las entrañas de mi cerebro? ¿Había de convertirme por fin en el ser que habitaba este cuerpo?
«Búscale»
¡Ah, la voz imperiosa! ¡Ya casi la había olvidado! Y con su tono grave y familiar me dejó claro que tenía un objetivo que cumplir. Una misión. ¿Y después qué? me dije, pues todavía podía controlar cierta parte de mis capacidades. Nadie me respondió más que otro pensamiento. Uno surgido del mismo cerebro. «Nada importa más que la misión. Solo tienes que seguir ascendiendo. Recuperar el mensaje».
Y así lo hice.
Pero al arrancar en carrera pisé mi propia mantilla y esta salió volando. Alcé la mano en un impulso que casi me hace caer, intenté alcanzarla estirando las manos, los dedos. Ya era tarde. Por lo que solo pude ver cómo descendía lentamente inundada de blanca luz, retorciéndose desesperada en dirección a la siniestra oscuridad. «Parece saber lo que le espera», me dije. Y en verdad gritaba de consternación al tiempo que el agujero negro abría los brazos, sonriendo y esperando a que la presa cayese sin remisión en su tela. Por mi parte, la luz en ese punto de la torre era más potente y abrazaba todo mi cuerpo, ahora desnudo, contrarrestando la falta de la manta con su calor y su esperanza. ¿Esperanza? Pero no importa. Seguí de puntillas, contoneándome con gracia, ascendiendo cada escalón como objeto de un millar de miradas curiosas. «Pero aquí no hay nadie». ¿O sí? La sensación me gustó bastante.
«Búscale»
Y era cierto. Tenía que buscarle. Así que eché a correr. Subí a toda prisa los escalones de dos en dos agarrándome a la barandilla, impulsándome también con los brazos. Sintiendo la brisa, un poco más fresca ahora, paseando sus dedos por mi vientre y la parte baja de la espalda. ¡Me hacía cosquillas! ¡Era muy agradable! Muy… ¿Cómo expresar esa sensación? No importa. Apuré todavía más sin temor a caerme, golpeando fuerte la madera con mis pies, pisando ahora completamente, coleteando el pelo contra mis hombros y mi espalda y riendo con picardía. No sabía muy bien qué me estaba ocurriendo, pero sí que las sensaciones humanas tienen siempre una fecha de caducidad. Que hay que disfrutarlas cuando se presentan. Y yo, por alguna razón desconocida, había sido elegida para buscarle. ¿A quién buscaba? ¿Cómo había muerto? ¿Quién me había matado? 
Esos pensamientos me frenaron de pronto. De detuve, jadeante, doblada sobre mí misma. Aferradas mis manos a mis rodillas y con un pinchazo, como aguijón envenenado, acompañando cada uno de los latidos de mi corazón. ¿Cómo he muerto? ¿Quién o qué me ha matado? La duda me corroía las entrañas, me clavaba sus garras como fiera enjaulada en mi interior. ¡Me hacía daño! ¡Mucho daño! Desesperada, reanudé la ascensión sin detenerme. Corrí y corrí gimiendo y gritando y a la vez recreándome en el sonido de mi propia voz. ¡Qué contradicción! ¡Qué locura! Seguí escapando de… ¿De qué demonios estoy escapando?
Pero no había tiempo para eso. Seguí avanzando, corriendo, ascendiendo, con el corazón golpeando fuerte contra mi pecho y mis costillas. Viendo el cono de la edificación estrecharse ante mis ojos desorbitados, cada vez más y más estrecho, pero sin llegar a alcanzarlo nunca. Comencé entonces a sentir los envites del viento sobre las paredes de madera a ambos lados, eran como gañidos lejanos y terribles, pues supe, los férreos muros de piedra habían quedado muchos metros más abajo, enterrados en la oscuridad. Recorría ahora un cascaron endeble de madera y cristal envejecido. Pero… ¿estaban las tinieblas persiguiéndome? ¿Avanzando escaleras arriba? ¡Qué tontería! Me detuve un segundo y agucé los sentidos. Temblorosa. Mirando atrás una y otra vez.
Enfocando y desenfocando mi visión. En efecto, podía sentir cómo la torre oscilaba levemente. Cómo se retorcía. A veces más fuerte. De un lado a otro. Crujiendo y emitiendo pequeños lamentos, como si me quisiese advertir que debía apresurarme. ¡Que tenía que darme prisa! ¡Que la oscuridad pronto me daría caza! Esperé un segundo más. Estaba exhausta. Aterrada. También retemblaban los cristales en alguna parte, repiqueteando sobre mi cabeza. Nerviosos. Impacientes por verme correr hacia mi salvación. Lo hice. ¡Vaya si lo hice! Y en mi frenesí miré hacia arriba. Vi con desaforada alegría la buhardilla a unos pocos metros sobre mí. Dibujada en lo alto. Era una pieza hecha de madera más oscura, como llena de humedad y podredumbre, estrecha y puntiaguda en lo más alto de la torre. Pero no había ya vuelta atrás. Subí más despacio el resto de las escaleras hasta llegar a la entrada. No tenía apenas fuerzas y me agarré al pasamanos para descansar. No era fiable, y amenazaba con arrojarme traicioneramente al vacío, así que la solté asustada. Miré a mi alrededor. Era ese un recodo rectangular en el que me hallaba, justo debajo del cuarto, donde apenas llegaba la luz. Sentí el frío penetrar mi piel. También un miedo más intenso.
«Apresúrate», parecían querer decirme los objetos circundantes. Pero yo solo pensaba en el frío. Ese extraño frío. ¿Con qué iba a cubrirme ahora más que con mis propios brazos? Tenía que entrar de una vez. Arriesgarme a que se desplomase conmigo dentro, en dirección a la oscuridad. ¿Qué otra opción me quedaba? Ninguna, por supuesto. Vi que para acceder al habitáculo existía una escalerilla vertical que terminaba en una trampilla. La subí vacilante, con brazos y piernas temblorosas, mirando de reojo la pequeña y oscura mancha al fondo del abismo. Avanzando a toda prisa. Emitiendo extraños y finos sonidillos. Sin duda esperando que cayese en sus brazos. Pero no me caí. Y al empujar la trampilla con mis manos esta no ofreció resistencia y accedí.
¡Ah! ¡Qué grandísima felicidad!
En siete días, amigos míos, este relato llegará a su fin. Espero que, cuando el momento llegue, no tenga yo que afrontarlo en soledad. La voz de lo inerte 19# (El reflejo de los muertos) tendrá lugar aquí, en lo alto de esta torre el sábado próximo. ¡Hasta entonces!

sábado, 21 de noviembre de 2015

La voz de lo inerte #17: Hacia lo alto de la escalera (Un viaje increíble III)

Si habéis leído La voz de lo inerte #15 y La voz de lo inerte #16, (Hallazgo asombroso I y II) entonces me habréis acompañado en mi fantástico viaje hasta este lugar. En caso contrario, os recomiendo que lo hagáis. De ese modo, tal vez podáis penetrar en el oscuro secreto que alberga este relato y ayudarme a comprenderlo. Sentíos libres de comentar más abajo. ¿Os habéis sentido atraídos por las lenguas de luz? ¿Habéis caminado a lomos de las ratas? ¿Os han trastornado los acúfenos que, como invasores, os impiden escuchar el silencio?
Espero que sí.
Lo que sucedió a continuación sobrepasa mi entendimiento. Me limitaré únicamente a narrar el proceso sin entrar en explicaciones ni teorías ―que aunque las tenga, son un tanto fantásticas y faltas de coherencia― delegando de ese modo, a mis recién adquiridos sentidos y mis capacidades cognitivas, la ardua tarea de investigación sobre el misterio que envuelve este maravilloso episodio. Me refiero, por supuesto, al hallazgo del cadáver y la nota encontrada en su mano y su presunta relación con este cuarto, dicho sea de paso, inexplicablemente vivo e iluminado. El apunte «recién adquiridas capacidades» quedará explicado de inmediato:
Cuando logré superar la resignación que me acomete en los momentos previos a una larga e infinita espera, me dispuse a realizar mis habituales ejercicios de concienciación. No entraré en detalles, por el momento, solo diré que así preparo mis pensamientos para un letargo indefinido y abro mi mente a la profunda observación del contorno en el que me he quedado atrapado. El resultado suele ser sorprendente, encontrando detalles que de ningún otro modo podrían ser encontrados, pues mi concentración es absoluta. Pero no caeré en digresiones innecesarias.
Estaba, pues, adherido mi cuerpo al metacarpo derecho que sujetaba la nota cuando comencé a sentir algo extraño. Como un hormigueo lejano procedente de lo que sea que hubiese en los sótanos inferiores. Pero entonces, con gran sorpresa, descubrí que procedía del interior de los amarillos huesos que daban forma al esqueleto. El cadáver sobre el que yo estaba anclado sin remisión. Agucé los oídos, expectante, nerviosa. Y hubiese contenido la respiración si hubiese tenido una. Más tarde la tendría. Y es que podía percibir una especie de corriente de algún tipo de líquido, tal vez agua, enérgica e incipiente dirigiéndose a donde yo estaba. Como ya imaginaréis, no pude hacer otra cosa más que esperar. Y esperé más con curiosidad que con miedo. Entonces, el armazón óseo comenzó a sacudirse. Al principio con suavidad, como si un ejército de hormigas lo estuviese cargando para llevarlo al hormiguero, pero después más y más fuerte. Hasta el punto de convulsionar. Sus piezas desencajándose. Saltando enloquecidas. Y entonces ―no sé explicarlo de otro modo― vi extendida mi visión a varios puntos diferentes del cuarto. Vislumbraba imágenes borrosas del techo visto desde abajo y al mismo tiempo en sentido horizontal. Sé que parece absurdo. Es como si tuviese varios puntos de visión… varios ojos. El hormigueo, más intenso ahora, hacía palpitar mi cabeza por la parte de mis sienes. Y me dije: ¿Mi cabeza? ¡Qué cosa tan absurda! Esa corriente se había colado en mi ser como un virus o un parásito, trasmitiéndome todas esas sensaciones que un minuto atrás observaba desde el exterior. ¡Sentía ese hormigueo dentro de mí! ¡Esa corriente infernal inundando mis entrañas! Llenándome de algo que no supe identificar. Quise pensar, tranquilizarme. Imposible. Mi mente lanzaba ahora pensamientos en todas direcciones. Fue como si me empujasen a patadas hacia el interior de un cuarto muy pequeño y repleto de cachivaches ―tantos que apenas había sitio para mí― y que inmediatamente una conciencia exterior me rindiesen cuenta de ellos. Pensé que iba a explotar. Que me saldrían los ojos de mis órbitas.
Fue entonces cuando mis puntos de visión cambiaron de nuevo. Comenzaron a oscilar en giros vertiginosos, enviándome destellos desde una altura considerable, más cerca del techo que del suelo. Vi la llama de la vela balancearse como un fantasma y sentí en mis tobillos la brisa que la impulsaba. Se retorció mi estómago por un súbito mareo. Cosquillearon algunos puntos en mi piel a la altura de mis hombros y… lo más sorprendente, sentí que el frío se abría paso a través de mi carne. ¿Pero qué demonios está pasando?, me dije atónito. ¿Qué son todos esos conceptos, lo cuales conozco solo por la observación, y todas esas sensaciones que… sí, sí, de acuerdo, las he experimentado muchas veces antes, pero solo en mi fuero interno… en mi pura imaginación? Alcé una mano para evitar desplomarme y me apoyé en la pared. La piedra estaba húmeda y el frío atravesó mis dedos como un cuchillo. Mis dedos… Y esos cachivaches se fundieron como metal candente en mi comprensión. Los asimilé. Los adopté como propios. ¿Qué eran? Todavía ahora me sorprende. ¡Eran los recuerdos de esa persona! ¡Y no solo eso! ¡También sus anhelos y sus temores!
Y por supuesto, lo comprendí todo.
Giré sobre mí misma con gran soltura. La sensación fue insuperable. Me contoneé de un lado a otro con insolencia ―no sé muy bien por qué lo califico de esa manera― e incluso di algún que otro brinco adolescente. Una larga melena color castaño caía sobre mis hombros, límpida y brillante. ¡Esas eran las cosquillas que jugueteaban como infantes sobre mi piel! Recorrí retozando toda la habitación, de rincón a rincón. Tomé en mis manos la vela y sentí la agradabilísima calidez que desprendía la llama. ¡Era feliz! ¡Y me reí a carcajadas! ¡Ah, celestial sonido ese que, como el más exquisito de los cristales, como la más suave de las yemas acariciaba y erizaba mi piel y atravesaba mis oídos y colmaba mi corazón! Entonces una lágrima de cera se desprendió. Descendió lenta por la vela y la palmatoria y, formando una gota de ámbar, deteniéndose en el tiempo para emitir ese solitario destello, se precipitó de pronto al vacío en dirección a mi mano. ¡Ah, el dolor! ¡Divina manifestación de la vida!
Pero pronto, mis recién adquiridos pensamientos reclamaron toda mi atención. De forma violenta. Y como imbuido de una fuerza terrible fijé mi vista al suelo. Casi con obsesión. Contraje entonces mis músculos. Fruncí mis cejas y apreté mis puños. Y un pensamiento perentorio se formó justo entre mis ojos, a la altura de la nariz, como una luz que solo yo podía ver. Que solo yo podía comprender.
«Búscale»
Donde antes estaban los restos de un carcomido esqueleto, ahora lucía una mancha oscura y siniestra. El polvo perfilaba los contornos de un ser muerto. Uno que había regresado a la vida a través de mí. De algún modo que, como he dicho al principio de este relato, soy incapaz de dar lógica explicación. De un ser muerto del que ahora yo misma formaba parte.
De un respingo me di cuenta de todo como si no lo supiese ya. Acepté la realidad con un sonoro golpe mental, estridente y doloroso, un chasquido más parecido a una bofetada que a un pensamiento. ¡Yo era ahora ese hombre o mujer! Me miré a mí misma con horror y vi la tez más blanca y más pálida que había visto nunca. Estaba desnuda, completamente desnuda y temblando de frío. Vi mis pies sobre sus puntillas, mis piernas jóvenes y esbeltas apretadas una contra la otra. Toqué mis pechos. Estaban congelados. Con gran nerviosismo me palpé la cara, los labios, las mejillas. ¡Fríos! ¡Muy fríos! Y pasé mis manos temblorosas ante mis ojos una y otra vez, como para cerciorarme que podía verlo todo tal y como imaginaba. Pero no era mi imaginación. ¡Ah, qué manos tan pequeñas y delicadas! ¡Qué increíble fuerza vital recorría mi cuerpo! Y sin embargo, estaba llorando. Llorando de tristeza. ¡Llorando desesperadamente! Y las lágrimas que, como cuchillas, se abrían paso por mis mejillas, frías y saladas como el mar. Y se colaban por mis labios y por mi boca.
«Búscale»
De nuevo esa orden imperiosa. Grave y gutural. ¡Tenía que buscarle inmediatamente! Pero, ¿a quién? ¿A quién tenía que buscar? Estaba muerta de miedo y al mismo tiempo comprendía que lo sabría cuando lo encontrase. Porque ella ―fuera quien fuese esa mujer― había llegado hasta allí impulsada por la más patética desesperación. Había venido a esta casa abandonada para encontrar una respuesta, cuando la muerte la encontró a ella. Eso también lo sabía. Lloré y proferí un grito desgarrador. Un grito de rabia. Y me sobrecogí por su sonido, tan diferente a esa risilla pícara y juguetona que había proferido antes. Tenía que ponerme en marcha enseguida. Pero antes…
Me cubrí con una mantilla de tela que encontré en el respaldo de la silla. Supuse que era de lino o algodón y me sorprendí al comprobar que estaba templada, como si alguien la hubiese estado usando pocos minutos antes. Me envolví rápidamente en ella, temblando de frío. No era muy grande, de un azul sucio y apagado, llena de manchas y con pequeñas borlas blancas y rosas en sus extremos, pero al menos me protegería el pecho y la cintura. Abrigaba también el miedo que, ¡novedosa sensación! Recorría ahora cada poro de mi piel… cada átomo de mi ser. No podía esperar más y salí al pasillo, vela en mano. Lo recorrí a paso ligero, chapoteando con los pies en los charcos y escuchando el sonido de mis resuellos. También mis llantos. Pronto llegué a las escaleras y las subí. Completé todo el trayecto en apenas unos pocos segundos, jadeando, pensando en la diferencia de tiempo con el lastimoso y lento viaje que me había conducido hasta allí.
Estaba en la antesala, desconcertada y tiritando de frío cuando miré hacia arriba. La visión me infundió un súbito placer. Calmó mis nervios como una mano sobre mi frente. Era la luz del día más hermosa que había visto nunca. La sentí en mi piel como una dulce caricia. Y sus rayos blancos y dorados procedentes de los ventanales allá arriba inundaban de magia y brumosas imágenes el majestuoso cono interior de la torre. Parecía un sueño. Un cuento de hadas. A mi izquierda, la tenebrosa oscuridad de la antesala por la que había penetrado parecía observarme con anhelo. Con su gélida respiración. Con miríadas de ojillos rojos correteando frenéticos y silenciosos de aquí para allá. Agucé el oído y escuché los chillidos agudos y breves, como lamentos apenas audibles, y también el trajinar de sus patas y dientes. Pero a mi derecha había otro mundo muy diferente. Unas bellas y seductoras escaleras de madera que se enroscaban en dirección al infinito. A lo más alto de la torre. Aquella estela maravillosa me hechizaba. Me sonreía. Era una promesa de amor que no podía desoír. Así que, escuchando el sonido sordo de mis propios pasos sobre la madera comencé la ascensión.
«Búscale»
El sonido reverberó de nuevo en el vacío como un susurro vehemente. Como una exhortación. Como un mandato divino de ineluctable cumplimiento. Apuré el paso sintiendo las tablas crujir bajo mis pies y el corazón se apuró en mi pecho. La esperanza, esa que ni siquiera era mía, infundiendo ánimo y alegría a mi espíritu.
¿A dónde voy? ¿Qué me espera en lo alto de esta torre?
Temo que tendréis que esperar siete días para ver la resolución. Hasta el sábado que viene.

sábado, 14 de noviembre de 2015

La voz de lo inerte #16: Hallazgo asombroso (continuación) (Un viaje increíble II)

Quisiera hablaros de mi hallazgo. Incluso desde mi perspectiva es algo asombroso, inaudito, increíble. ¿Podréis creerme? Espero que sí. Pero antes, es mi deber revelaros el camino recorrido, si acaso sirva este para infundir credibilidad a mi relato. Si no habéis leído la parte anterior, os recomiendo encarecidamente que lo hagáis: La voz de lo inerte #15 Hallazgo asombroso.
Permanecí largo tiempo en esa horrible tabla sumergido en el silencio y la tenue oscuridad. El resplandor, viniera de donde viniese, no parecía extinguirse nunca y de vez en cuando se escuchaba el carcomer de alguna alimaña o el arañar de algún roedor. Incluso me pareció escuchar pasos lejanos en las alturas. Tal vez el rechinar de la misma construcción o la acción del viento sobre los ventanales. No lo sé. Pudieron pasar meses o incluso años hasta que mi salvador apareció.
¡Ah! ¡Las alturas! ¡Qué prodigioso misterio hallaba uno si alzaba la vista en vertical! ¡Qué remolino brumoso se perdía hacia la cumbre de aquella espectacular torre! Porque estaba atrapado, entonces lo supe, en la base de una de las gigantescas y puntiagudas torres que había visto minutos atrás desde los cielos. Las escaleras y las balaustradas de madera milenaria giraban en su enloquecido ascenso, semiocultas en las sombras, empequeñeciendo a medida que se perdían en las alturas. Atravesadas estas de los rayos de luz procedentes de los ventanales que solo desde fuera había podido ver. Una luz amarillenta, tenue y mortecina, pues se trataba de los últimos destellos de la tarde. Agucé al máximo mis sentidos… pero nada pude ver en aquella impenetrable galería. ¿Alguna vez habéis estado bocarriba tanto tiempo que las perspectivas terminan por volver loco a tu cerebro? Yo sí. Miles de horas, y puedo deciros que es un efecto extraño. Por momentos incluso pude sentir en mi estómago el cosquilleo que siente uno al asomarse a un abismo.
Tal era el modo en que pasé lo que muchos llamarían eternidad. Escrutando los misterios. Observando aquella negrura desvanecerse para regresar con más fuerza pasadas unas horas. Y una vez. Y otra. Y mil más.
¡Ah, mi salvador! ¡No me he olvidado de él!
En realidad, salvadora. Una cucaracha.
Mecido por su torpe avanzar llegué al final de la estancia, donde las lenguas de luz retiraban provocadoras sus dedos a las profundidades de los sótanos. Había alcanzado unas escaleras. Y cuál fue mi sorpresa al toparme allí con diferentes corrientes de aire. ¡Se me hubiese colmado el corazón de alegría si tuviese uno! Los escalones eran de piedra. Estaban mohosos y húmedos, plagados de telarañas con sus inmutables centinelas, que no es que se muevan mucho, pero que podrían ayudarme a escapar en un momento dado. También había otras muchas clases de insectos y criaturas y… ¡válgame Dios! ese parecía ser un punto frecuentado por los seres de rojizos y malvados ojillos. ¡Las ratas!
A lomos de una de ellas descendí al primer sótano. La putrefacción era muy intensa y el silencio más y más profundo cada vez. Sin embargo, aquella luz, aunque indeterminada, parecía provenir de allí abajo.
Continué sin vacilar.
Por el sonido de borboteo descubrí que un hilillo de agua descendía por los escalones a mi lado. No pude determinar su origen, pero al ser consciente de su existencia y ayudado por los destellos anaranjados de luz pude ver sus tonos negros y azulados debajo de mí. Y al aguzar el oído percibí el chapoteo producido por las patas del animal. Descubrimiento, que me llevó rápidamente a otro y a otro hasta crear una realidad a mi alrededor, gracias a la cual ya casi no me hacía falta la vista. Las cosas mejoraban. Me acercaba cada vez más. ¿A dónde? No podía saberlo. Ni tampoco por qué me sentía tan atraída a descubrirlo. El caso es que me alegré mucho al darme cuenta de que mi rata y yo no viajábamos solos por esas escaleras tenebrosas, sino que formábamos parte de un numeroso rebaño de roedores que, por fortuna, avanzaban en todas direcciones. Mayormente hacia arriba y hacia abajo, pero también iban a la derecha, izquierda y todos los puntos intermedios. De ese modo, me sería fácil dirigirme a donde quisiese.
En pocos minutos llegué al final de ese primer tramo de escaleras. Habíamos descendido muchos metros y el aire estaba enrarecido. ¿Pero qué me importa a mí eso? El caso es que mi rata tenía la intención de seguir descendiendo, así que salté a lomos de otra que se dirigía a ese primer sótano. Tomé la decisión al comprobar que las lenguas de luz procedían de allí. ¿Acaso me estaban atrayendo hacia su origen? ¿A mí que apenas existo a los ojos de los seres vivos? Pensé en ello a medida que penetraba por una galería estrecha, también de piedra, donde las lenguas retrocedían lentamente por los arcos que conformaban el techo a cada paso que daba mi transporte animal. Miré atrás justo antes de doblar la esquina. La oscuridad arriba era tupida, como un muro hecho de la misma piedra que las paredes. ¿En serio acababa de pasar por ese lugar? Me avergüenzo de haber tenido esos pensamientos después de todo lo que he pasado. No me hizo falta saltar de un animal a otro porque solamente había una dirección hacia la que se dirigía el pasadizo. Hacia dónde mi rata, ahora solitaria, me conducía sin pérdida de tiempo.
Llegué a una habitación iluminada. No había más a donde ir.
Y en el umbral de la puerta me quedé mientras el despreciable roedor examinaba con sus rojizos ojos los restos de un esqueleto humano y olisqueaba el aire girando la cabeza en todas direcciones. Yo también lo examiné, justo después de echar un primer vistazo al cuarto para asegurarme que no había nadie.
Nadie vivo, me refiero.
La luz procedía de una vela. Estaba aferrada por su propia cera a la palmatoria que la contenía como las raíces rastreras de un árbol. La llama oscilaba por momentos, por lo que estaba claro que existía una débil corriente de aire. También con eso expliqué que las lenguas avanzasen y retrocediesen por el pasillo como dotadas de vida. ¿La procedencia de esa corriente? No pude adivinarlo. Lo que estaba claro era que no provenía del pasadizo ni de las escaleras. Tampoco pude explicar que las lenguas llegasen a la antesala más que la existencia de otra vela o candelabro situado en alguna parte. Tal vez hubiese pasado por alto su ubicación en mi descenso al mezclarse los destellos de ambas fuentes de luz en algún punto concreto. Pensé que tal vez hubiese muchas luces. No era un gran misterio. Seguí mi examen: La habitación era pequeña y estaba forrada de una madera dorada que parecía burlar los años con su esmalte brillante y con sus vetas rojas. ¿Qué era aquel lugar? ¿A quién había pertenecido? Los únicos muebles eran un escritorio, sobre el cual estaba la mencionada vela, una silla desvencijada y una cama de la cual solo quedaban los hierros y muelles oxidados del somier. ¿Y quién era ese hombre o mujer y qué había ido a buscar allí? ¿De qué había muerto? ¿Podría tratarse del residente de esa extraña habitación? Pronto descubrí que no. Y lo hice al leer el fragmento de papel que encontré en su mano.
Esa persona había ido a buscar una respuesta.
Era una nota manuscrita y su caligrafía era delicada y elegante. Decía lo siguiente:
«Existe un hombre sabio atrapado entre dos mundos. No está vivo, ni tampoco muerto. Y tal circunstancia le permite escrutar secretos de otro modo inescrutables. A veces terribles. A veces esclarecedores. Él asoma su cabeza y sus ojos vacíos se llenan de oscuridad. Su envejecida piel se desgaja en finos fragmentos, que como papeles, vuelan hacia el otro lado. Y se consume su carne. Y se descubren sus huesos. Resplandecerá entonces su alma eterna para cegar tus ojos. Y latirá su corazón inmortal para inundar tus oídos. Con la sensación de que no ha pasado ni un solo segundo regresará. Es entonces cuando obtienes tu respuesta»
Amigos míos: no sé si este relato tendrá continuación, ya que de nuevo me hallo atrapado en este lugar. Mi rata se ha ido y ningún ser viviente parece haber osado penetrar en esta habitación. La vela no se consume, pero alumbra. La quietud es absoluta.
Espero veros el sábado próximo.

sábado, 7 de noviembre de 2015

La voz de lo inerte #15: Hallazgo asombroso (Un viaje increíble I)

Quisiera hablaros de mi hallazgo. Incluso desde mi perspectiva es algo asombroso, inaudito, increíble. ¿Podréis creerme? Espero que sí. Pero antes, es mi deber revelaros el camino recorrido, si acaso sirva este para infundir credibilidad a mi relato.
Quién o qué soy no importa. No perderé el tiempo intentando explicaros algo que ni yo misma comprendo. Os diré que viajo con el viento y eso debe bastaros.
Que también me adhiero a los objetos, animales e incluso a las personas y que así recorro diferentes distancias. Desde centímetros a miles de kilómetros. Pero mayormente es el viento el que me conduce. ¿A dónde voy? A ninguna parte y a la vez a todas partes. No miento si os digo que puedo permanecer en un mismo rincón más tiempo del que dispone cualquier ser vivo en la tierra. Y así permanezco a veces. Impasible. Imperturbable. Otras avanzo sin cesar a ritmos lentos y frenéticos. Pero eso tampoco importa en absoluto. Lo que importa es mi hallazgo. He sobrevolado a lomos del huracán áridas tierras. Tierras del color de la sangre y el fuego. He visto mil veces la catástrofe y la recuperación y me he descubierto llorando de alegría y también de pena por causa de las voces y los sonidos que a veces llegan hasta mí. Seguramente a destiempo. No importa. También he cruzado los mares y los océanos, por supuesto. Todos los mares y todos los océanos. El caso es que, tras meses de avance y retroceso sobre el impenetrable azul de las aguas del pacífico, llegué a un paraje desierto en el que nunca antes había estado. Cosa que creía imposible, dada mi longevidad. Pero así fue. No sabría decir dónde exactamente. ¿Un paraje desierto, he dicho? En efecto lo era, pero inundado al mismo tiempo de color y de vida.
No vida humana, eso desde luego.
Lo cierto es que, he de reconocer que tras incontables años e infinitos viajes erráticos he aprendido a controlar ciertas cosas. Como aferrarme a esto o aquello, según me apetezca, para ir aquí o allá usando las fuerzas de la naturaleza, como no puede ser de otro modo. Eso tampoco importa, pero quisiera mencionarlo para que podáis entender cómo llegué a donde llegué. Cómo di penetrado en las entrañas de aquella solitaria y espeluznante mansión.
Sea como fuere, lo hice. Una rata atemorizada corriendo entre los humedales que me transporta unos metros. Un conejo avanzando atento de madriguera en madriguera. Un rápido batir de alas que me impulsa un poco más. En fin. Que tras la calma llegó de nuevo la tormenta y de nuevo desde los cielos he visto la enormidad de la construcción. Al principio era solo una mancha oscura en el horizonte. Pero a medida que me acercaba se iba dibujando en puntiagudos tejados de negra pizarra. En imponentes fachadas de piedra serradas a plomo sobre el abismo de los acantilados. En pequeños ventanucos, como ojos oscuros, tal vez llenos de secretos, salpicados allá arriba, aquí uno, más allá el otro. Colocados sin orden ni concierto, observando indiferentes la lluvia, la espuma del mar y la violencia de sus embestidas. En buhardillas de ensueño y fantasía burlando las alturas. En tabucos y áticos que acariciaban las nubes cargadas de electricidad. Protegidos por el abrazo de mil plantas trepadoras. Y al acercarme más, el destello cegador de las agujas y los pararrayos. Las figuras esculpidas en la roca viva. Efigies aterradoras asomadas al precipicio con sus gigantescas garras y sus ojos llenos de odio. Parecían advertirme de una muerte segura. Pero, ¿qué podrían hacerme a mí? Absolutamente nada. Por lo que continué con mi avance llena de emoción y curiosidad.
Un arco metálico con unas letras que no alcancé a leer me dio la bienvenida a lo que supuse era la propiedad. Sea quien sea el propietario. La lluvia había cesado y avancé a rachas fuertes y débiles a ras de suelo, disfrutando del sonido de la hojarasca. Del silbido del viento entre los árboles lejanos. Tomando curiosas perspectivas de la edificación, que en esos momentos estaba ya bañada de tinieblas y el rojizo tono del atardecer. El aire se hizo frío y húmedo y la oscuridad más oscura. Aunque eso no es nuevo para mí. Caí al suelo en medio del camino. Me encanta esa sensación de vacío, aunque solo dure unos segundos antes de que el viento regrese. Advertí entonces unos surcos a unos pasos de mí. Eran viejos y la tierra estaba reseca y agrietada a su alrededor a pesar de la lluvia. Por mi experiencia puedo asegurar que eran las marcas de las ruedas de algún carruaje, aunque no hallé ninguno por ninguna parte. Esto me dijo que el lugar no había sido frecuentado en décadas. Tal vez siglos. Lo que aumentaba el misterio y exaltaba mi curiosidad. Avancé del mismo modo un poco más. Y otro poco hasta alcanzar la puerta, donde la brisa me dejaría, de momento. Cada vez estaba más emocionada. Más decidida a visitar ese lugar tenebroso. ¿Qué otra cosa tenía que hacer? Ninguna, por supuesto. Aunque tenía que intentar entrar antes de que una racha caprichosa me alejase de mi objetivo.
Por supuesto, la puerta estaba cerrada. Y a pesar de sus ciclópeas dimensiones no había recoveco por el que pudiese yo penetrar. ¿Os imagináis? Ni siquiera yo, que me cuelo por los intersticios de las puertas y las ventanas con facilidad, que penetro sin esfuerzo por el ojo de las cerraduras más diminutas. Pero no esa vez. No había forma de entrar. La puerta estaba sellada.
Tras una corta espera una rata oportuna emergió de unas cloacas al pie de los muros. No dudé un segundo. Entre su pelo húmedo y pestilente penetré en la mansión por unas tuberías enterradas, escondidas a la vista del que desconoce su existencia. Y tras una galería subterránea hecha probablemente por las propias ratas caminé bajo un suelo de tablas putrefactas. Me apeé en lo que parecía ser la antesala principal, donde la madera tenía mejor aspecto. El frío hubiese perforado la piel y los huesos de cualquier ser vivo y el silencio enloquecido las mentes más sensatas. Sin embargo, la oscuridad no era completa. Un levísimo resplandor procedente de alguna parte parecía querer convertir los negros en grises. Lenguas de debilísima luz acariciaban lánguidas las esquinas de piedra como dotadas de vida propia, proyectando sombras imperceptibles para el ojo humano.
La quietud se hizo absoluta.
Entonces me di cuenta de mi situación. ¿Cómo iba a desplazarme sin viento… sin animales ni plantas… sin nada de nada? La revelación produjo un sentimiento doloroso en lo más profundo de mi ser. Uno que conocía muy bien, pues me había pasado más veces. ¿Cuánto tiempo iba a permanecer en ese lugar terrible y muerto, abandonado de la mano de Dios? ¿Qué posibilidades había de que una rata u otro animal rastrero pasase de nuevo por ese centímetro cuadrado teniendo cientos y cientos de metros a su disposición? Pensé con esperanza en los pequeños seres de la noche, en los murciélagos, en reptiles e incluso en diminutas polillas. Una simple mosca sería suficiente para sacarme de allí.
Pero nada.
Me temo que tendréis que esperar al sábado siguiente para conocer el desenlace de esta historia. Tales son los devenires del tiempo. Los caprichos de la existencia. O tal vez la voluntad de la propia mansión.
Espero veros pronto.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Entrevista sobre la novela Los Secretos de Sara en PontevedraViva

El escritor pontevedrés Guillermo Cerviño (1979), colaborador de PontevedraViva, ha presentado su novela Los secretos de Sara, una obra que se ambienta en la ciudad y que combina un universo de historias alrededor de la protagonista, una joven que está descubriendo la vida adulta. Hablamos con el autor para que nos explique los entresijos de su nueva publicación.
PontevedraViva (PV): Adelántenos detalles sobre su nueva novela.
Guillermo Cerviño (GC): Los secretos de Sara es en su base una obra para divertir, llena de sorpresas, personajes alocados y escenas emocionantes, pero en su trasfondo nos cuenta una historia terrible que bien podría ser real: las consecuencias que pueden derivar de un seno familiar completamente desestructurado, como lo es la familia Fernández de Tver. Sara es una adolescente hermosa y coqueta, brillante en sus estudios y con una curiosidad enorme, pero con unos padres que apenas se dan cuenta de su existencia, por lo que idea un plan desesperado para recuperar su amor y su atención. Y como todo adolescente debe afrontar las consecuencias de sus necesarios errores, situaciones de amor y desamor, decisiones importantes tomadas apresuradamente y toda clase de aventuras por veces peligrosas. También cuestiones morales que pondrán a prueba sus principios y la corriente de sus pensamientos, tan importante en esas edades donde la personalidad todavía está tomando forma.
Pero Los secretos de Sara no es solo eso. Es mucho más. Un mundo de personajes ―de hecho son casi cuarenta, con sus enrevesadas historias propias― confluye alrededor de nuestra protagonista, muchas veces sin que ella se dé cuenta, haciendo que las historias se crucen entre sí, se separen y se vuelvan a unir. Admiradores secretos, conspiraciones de vecinos, rumores injustos y destructivos, infidelidades, falsas amistades… Pero sobre todo el peso de los pecados ajenos. Secretos de familia que Sara tendrá que decidir si desvelar y
afrontar las consecuencias o cargar a cuestas como una cruz. Puedo deciros también que la historia transcurre, como no, en la ciudad de Pontevedra. Hay escenas importantes en la plaza de la Herrería, las calles Michelena y reina Victoria e incluso el instituto Sánchez Cantón. Los personajes callejean y visitan las ruinas de Santo Domingo y los jardines Di Vicenti y mucho más. Destacaría también el barrio de San Roque, protagonista absoluto en la primera parte del epílogo, el emplazamiento del antiguo barrio de A Moureira y la iglesia Los secretos de Sara es, por tanto, una visita a la estupenda ciudad que me vio nacer, aunque quiero señalar que incluyo en ella muchas cosas que solo habitan en mi imaginación, como por ejemplo, el lujoso barrio donde viven los principales protagonistas. Como historia de ficción novelesca que se precie muchos de esos lugares son emplazamientos que no preciso en ningún momento, dando tan solo pequeños detalles que alienten la imaginación de los lectores.
de San Bartolomé entre otras cosas.
Por último, destacaría la tónica general de la novela como una crítica a las sociedades de alta alcurnia que habitaron en siglos pasados en nuestra ciudad y en otras muchas ciudades parecidas a esta. Las principales familias de esta historia obcecan en vivir de un modo extemporáneo, ridículo y por completo anacrónico a nuestros tiempos. Y de ello me he servido para usar las armas del lenguaje del siglo XIX en boca de algunos de ellos. Una lengua tan elegante, culta y divertida, mezclándolo con los recursos modernos de escritura y creando con todo ello escenas originales y divertidas, llegando, según la opinión de algunos lectores, a parecer por veces una obra de teatro.
PV: ¿Qué puede sorprender a sus lectores cuando se enfrenten a las primeras páginas de la novela?
GC: Como he dicho antes, diversión, sexo ―no demasiado explícito― muchas sorpresas y tiernas emociones, sobre todo emociones, inevitables en la consecución de toda historia que se precie. Para abrir boca, lo primero que se encontrará el lector cuando comience el primer capítulo de
Los secretos de Sara será el negocio del padre de nuestra protagonista, el señor Damisenko Fernández de Tver. Una sociedad, ficticia por supuesto, llamada Marsh & Fernández, que se erige sobre la sede de una antigua empresa que ha sido muy importante para esta ciudad. Estoy seguro de que los pontevedreses no tardarán en adivinar de cuál se trata. Y como este habrá más secretos ocultos entre las líneas de la novela.
PV: Guarda una buena relación con el grupo de rock, Los Suaves, hasta el punto de hacer referencia a ellos en la trama, ¿por qué?  
GC: Esta fue la primera sorpresa agradable que me dio Los secretos de Sara. Se trata de una historia increíble y emocionante. Cuando terminé el segundo borrador de la novela y me dispuse a trabajar sobre los detalles técnicos repartí algunos manuscritos entre mis habituales lectores de confianza ―los llamados lectores beta, tan necesarios para los escritores. Ellos te dan una perspectiva que uno mismo es incapaz de observar y te advierten de las meteduras de pata, de las que nadie está libre― y uno de ellos me advirtió sobre un detalle importante.
"La poesía de las letras de Yosi Domínguez (Los Suaves) me acompañaba en esos instantes tan tristes y tan emocionantes. Me envolvían con su magia. Esa magia que cualquiera puede descubrir al escuchar sus canciones"
¿Es legal citar letras de canciones en las obras literarias? Me puse a pensar en ello y antes de actuar o informarme descubrí lo siguiente: ¿Qué había ocurrido exactamente? Ya que la novela estaba en proceso de edición en la editorial, ¿corría el riesgo de que mi trabajo me ocasionase problemas legales? Supe entonces que había erigido mi historia a mi manera, como no puedo hacerlo de otro modo, con mi imaginación y mi entusiasmo funcionando a la par con mis sueños y mis ilusiones, casi inconscientemente, a todo gas sin preocuparte del pedal de freno, y sin darme cuenta que había volcado unas de mis más ardientes pasiones no solo en la trama, sino en el corazón de su personaje principal, de Sara Fernández: Los Suaves. De hecho, la tercera parte de la novela está orientada hacia los pensamientos más íntimos de Sara, los secretos que escribe en su diario. Allí me di cuenta que la poesía de las letras de Yosi Domínguez me acompañaba en esos instantes tan tristes y tan emocionantes. Me envolvían con su magia. Esa magia que cualquiera puede descubrir al escuchar sus canciones. Descubrí, como si no hubiese sido yo el autor del libro, que esa joven adolescente amaba su música y el significado de sus letras con toda su alma y que formaba parte de su vida, de su existencia, de su día a día. Porque la novela está plagada de detalles, de gatos negros que observan dibujados en cualquier objeto, de fotografías que atrapan momentos irrepetibles. El título de uno de los capítulos finales es Si pudiera, una de las canciones más bellas del grupo. Es curioso cómo una misma letra puede ser asimilada por diferentes personas adaptando sus versos a su situación emocional y a los hechos de su contorno. Supe que por veces ―solo por veces― quisiera estar en la piel de esa protagonista y formar parte de esas escenas. Y eso fue maravilloso. Entonces la parte de mi cerebro que se encarga de los mundos ilusorios cedió momentáneamente el control a la parte que pisa el firme terrestre, y me puse a investigar. Había un criterio jurisprudencial en EE.UU e Inglaterra llamado fair use que permite ―entre otras cosas― citar letras de canciones siempre que se mencione la autoría. Pero en España, al parecer, era distinto. Mi reacción fue ponerme en contacto con alguno de los miembros de la banda para pedirles permiso directamente a ellos, y después de algunas dificultades conseguí contactar con la periodista Laura Lunardelli que no solo me echó una mano con su experiencia en los entramados legales concernientes a los derechos de autor, sino que me ayudó a que mi trabajo llegase a oídos de los integrantes de la banda. Fue un momento estupendo. Y lo siguiente fue entrevistarme a través de ella con Yosi en un homenaje que les hicieron al grupo en las fiestas de San Francisco, Ourense. Puede charlar brevemente con él y regalarle un ejemplar de Los secretos de Sara y también conocer al resto de la banda. Y muchos más detalles estupendos con los que podría cubrir decenas de páginas como esta. Fueron momentos muy bonitos y emocionantes por los que quisiera agradecer desde aquí a Laura por su profesionalidad y la amistad que me ha brindado y por supuesto a Yosi que tantos y tan bonitos sueños construye en los corazones de los fans de Los Suaves. Gracias.
PV: Sabemos que este libro ha supuesto un importante esfuerzo para poder publicarlo. ¿Resulta complicado en la actualidad publicar? De hecho, cuentas con una publicación en inglés que no ha sido editada en España.
GC: En efecto, The Guardian of Thoughts es el resultado de mi primera y única experiencia con la autopublicación. Desde mi opinión personal, respetando todas las demás y sin entrar en digresiones ni detalles, desaconsejo por completo la autopublicación de una obra literaria sea cual sea el objetivo que el autor persiga. El Guardián de los Pensamientos fue mi primera novela ―luego vino La maldición de Baltasar y después Los secretos de Sara― que estuvo algunos meses a la venta en Amazon, Bubok, La casa del libro y otras plataformas del estilo hasta que la editorial American Star Books, de Maryland, se puso en contacto conmigo por correo electrónico. Querían traducirla al inglés e introducirla en el mercado americano y canadiense con el curioso formato de moda de venta bajo demanda. No haré comentarios sobre ello.
Publicar un libro hoy en día es una tarea tediosa. Las descargas ilegales por internet, los formatos e-Book que poco a poco se imponen al papel y la creciente aparición de autores de niveles que van desde lo ínfimo a lo muy bueno hacen que las pequeñas editoriales no puedan competir con las grandes asociaciones como Planeta o Plaza & Janés. Parte de la culpa la tienen las plataformas de autopublicación, carentes de filtros que aseguren a los compradores un mínimo de calidad, que impulsan miles y miles de obras al día con precios irrisorios ―de hecho, la mayoría se regalan o se venden por menos de un euro como un dos por uno en bollería― mezclando obras profesionales con amateurs, y las llamadas editoriales de coedición, que no son sino empresas de servicios editoriales cuyo único afán es gastar lo mínimo en tu producto y dejarlo después a la deriva en el mar de libros y novelas que infestan los portales de internet. Son, en mi opinión, voraces devoradores de sueños, empresas sin escrúpulos que se nutren con los sueños y las ilusiones de la gente. Por todo esto, es lógico que las pocas editoriales clásicas que quedan no se atrevan a arriesgar sus limitados recursos en un nombre desconocido. Mi consejo es que, de hacerlo, hazlo bien. Es mejor que una obra buena no vea la luz a que quede perdida, ignorada y humillada en un océano de basura espacial literaria. A los autores desconocidos, como yo, les diría lo siguiente, recordando ante todo que es un consejo que pueden tomar u olvidar en el acto: No regales tu esfuerzo ni tu ilusión. No te rebajes enviando mensajes privados en Twitter o Facebook regalando tu trabajo. No degrades tu obra autopublicándola, diseñando una carátula con una herramienta online ni maquetando del mismo modo porque jamás conseguirás un producto que esté a la altura de las producciones comerciales, y de ese modo maquilles la buena historia que seguro contiene en su interior. No supliques que te lean o estarás menospreciándote a ti y a tu trabajo. Nadie quiere al que no se quiere a sí mismo. Todos desconfían de lo regalado. No te engañes, las autopublicaciones llevan un ISBN de autopublicación que ningún librero pondrá en sus escaparates, lo mismo que la coedición. Los escritores solamente podemos escribir ―zapatero a tus zapatos― y que Dios reparta suerte. En el primer caso siempre nos quedará la esperanza y la satisfacción de haber hecho una de las tres cosas que toda persona ha de hacer en este mundo.
PV: Por tanto, ante los formatos digitales, ¿la opción de publicar en papel supone un reto cada vez más complicado?
GC: Y tanto. A uno se le pone la piel de gallina cuando piensa en comprar un libro de papel de un autor desconocido, sobre todo con los precios que se gastan las editoriales pequeñas. La clave está en la pregunta: ¿qué preferimos los lectores? Y por desgracia solo el tiempo nos contestará. No obstante, está claro que a pesar de los lectores clásicos que prefieren un buen ejemplar de carne y hueso al frío, indiferente e inodoro e-Book, la tendencia es clara. Personalmente, creo que vencerán todas esas ventajas que tiene el libro digital sobre el físico, sobre todo si no se pone solución a la piratería. También creo que el libro de papel nunca dejará de existir, si bien solo venderán ejemplares Stephen King y Manel Loureiro.
"Escribo sin parar, sin respirar, sin mirar a mi alrededor, tomando anotaciones por todas partes que jamás vuelvo a consultar"
PV: Explíquenos cómo se enfrenta al papel en blanco para iniciar una obra
GC: Cuando me hacen esa pregunta siempre contesto lo mismo: cuando nace una idea en mi cabeza no le hago ni caso. Pero es que es como un virus. Las escenas se perfilan en mi mente cuando estoy en la bañera o en la ducha y los diálogos se suceden cuando intento dormir. Siempre que esté en silencio, esa es la norma. Entonces se reproduce el virus de la imaginación en alguna parte de mi cabeza y va creciendo hasta que me es imposible contenerlo. Hasta que comienzo a escribir. Es como un volcado de imaginación sobre el procesador de texto. Escribo sin parar, sin respirar, sin mirar a mi alrededor, tomando anotaciones por todas partes que jamás vuelvo a consultar, escribiendo apuntes furtivos, ilegibles incluso para mí mismo y dejándome arrastrar por mi propia historia. Por eso es por lo que sé que no puedo elegir. Creo que ningún artista puede elegir, sino que es la obra la que te persigue y te obliga a que le des forma. Entonces es cuando me encuentro con el grueso de la idea plasmada ante mí, toscamente esbozada, brillante, mirándome de hito en hito. Pero es como un tronco con mil ramificaciones. Es el momento de pensar. Y pienso en ella, la ordeno, la modifico, la moldeo como la masa de un pastel hasta hacerla coherente y entretenida. Porque, si no me parece interesante en todo momento, soy incapaz de continuarla. Y nunca fuerzo una continuación, sino que espero a que se manifieste. Claro que muchas veces solo tengo que comenzar a escribir sin pensar en qué voy a escribir para que encuentre el camino. Me gusta pensar que soy como mi primer lector. Que la historia está ahí y que yo solo puedo arañar la tierra circundante e ir descubriéndola poco a poco. Es metáfora pura, está claro, pero también la realidad. Mi realidad.
Por mis participaciones en talleres literarios y charlas de escritores he podido comprobar los más variopintos métodos de escritura. De hecho, creo que eso tampoco se elige, sino que es algo que se lleva dentro y que hay que aprender a controlarlo. Como los poderes de Clark Kent o los Xmen. Yo no me explicaba cuando algunos colegas me decían que al escribir ponían la música a todo volumen o la televisión, ya que yo necesito el más absoluto silencio ―o eso pensaba― hasta que me di cuenta de que yo hacía algo todavía más extraño. Cuando necesito pensar en algún punto concreto de mi historia agarró la guitarra eléctrica y me pongo a tocar. Con ella apagada, eso sí. Entonces comienzo a escribir con la guitarra todavía sobre mis rodillas y alterno continuamente mis dedos entre el teclado, el bolígrafo y el mástil. De locos. Pero sin mi Ibanez apoyada a mi derecha sería como si me faltase un brazo.
PV: Y sus referentes literarios, ¿cuáles son?
GC: Muchos y muy variados, pero sobre todo los clásicos, Poe, Lovecraft, Dumas, Dickens, Dostoievski. Me gusta la novela clásica, la novela negra, el humor, el terror, el misterio… Me gusta nutrirme de las más variadas fuentes de sabiduría literaria. Y en cuanto a autores actuales citaría al maestro King, como no, y a la escritora francesa Fred Vargas, pero hay tantos que sería imposible decir cuál me gusta más. Depende del día de la semana, el estado de ánimo, de la luna, las mareas… a saber.
PV: ¿Trabaja ya en un nuevo proyecto o ahora va a dedicar más tiempo a la promoción de este libro?
GC: Ambas cosas. Intento mover lo más posible Los secretos de Sara con todos los medios a mi alcance, redes sociales, amigos, blogs literarios, medios de comunicación, pero como he dicho, un escritor no puede no escribir. Tengo algo empezado que me solicita cada vez más su atención. Podría adelantar que se inclina más hacia la novela negra pero con la característica alocada y divertida de mis personajes.
PV: ¿Qué recorrido le ve a esta novela? ¿Hay posibilidades de que se pueda editar en otra lengua y que tenga una carrera más allá de nuestras fronteras?
GC: Espero que sí. Tengo mis esperanzas puestas en mi trabajo y creo que la historia merece la pena. He trabajado mucho en ella y cuidado hasta el más mínimo detalle, hasta el punto de casi saberme las escenas y los diálogos de memoria. Por ahora, no tengo pensado despegarme de los personajes que le dan vida. Los acompañaré para que lleguen lo más lejos posible en su camino y me abran a su vez posibilidades con trabajos futuros. Creo que Los secretos de Sara podría funcionar muy bien en todos los países de habla hispana y si me ofrecen traducirla estaría encantado. Espero que así sea. Ahora depende de sí misma.
PV: ¿Dónde se puede adquirir Los secretos de Sara?
GC: En cualquier librería de España. La editorial tiene distribuidores por todo el territorio nacional. También es posible comprarla a través de los portales Amazon y Google libros y desde la misma web de la editorial. www.verbumeditorial.com. Existe una página de fans de la novela en Facebook donde poder estar al tanto de todas las novedades, fotos que nos envían los lectores, reseñas, opiniones y mucho más. www.facebook.com/LosSecretosdeSara Les invito a todos a visitarla. También es posible contactarme a través de mi correo electrónico (guillermocporto@gmail.com) para adquirir un ejemplar tanto en papel como en e-Book, y si eres de Pontevedra o estás allí de paso estaría encantado de entregarlo en mano, dedicarlo o charlar sobre la trama.
Esperamos que Los secretos de Sara tenga un largo recorrido en un panorama literario cada vez más complejo para los autores.

sábado, 12 de septiembre de 2015

La voz de lo inerte #14 El cuaderno de bitácora

(1898 DC, de Cuba a Vigo)
El viaje con destino a la siempre valerosa no está siendo más terrible que el hambre y las enfermedades que cada día se llevan alguna vida. Muchos son ya los que nos han dejado, y por cuestiones de salubridad, el capitán ha ordenado tirar los cuerpos por la borda.
El alma se desprende hasta lo más profundo de los infiernos y la tristeza aflige con mano de hierro nuestros corazones. Pero no podemos sino obedecer sin rechistar. Sin mayor ceremonia que alguna que otra lágrima derramándose en silencio. No nos queda ánimo ni fuerza para más. Mil peligros acechan constantemente.
Nuestra tarea es penosa. Un incesante gotear de cadáveres arrojados a la negrura de las aguas. Un chapoteo cruel en dirección a las misteriosas simas abisales. A la corrupción de la sal. Y aunque los remordimientos torturen nuestras almas, Dios sabe que ninguno deja de alegrarse, pues el pan es escaso y todavía lo es más el agua potable. No hay palabras en nuestra colaboración mutua. No son necesarias. Solo miradas tan diáfanas como la verdad que no logran esconder. Y si acaso, también algún que otro gesto fugaz apenas esbozado en las sombras de nuestros rostros. No son más que intentos vanos por fingir una sonrisa. Por calmar nuestro espíritu. La mayor parte del tiempo no despegamos la mirada de las tablas de suelo y nos refugiamos en el silencio y en las tareas que se nos encomiendan.
Tras días a lomos de gigantescas olas, cegados nuestros ojos por los intensos rayos surgidos del inflamado cielo, escalofriantes los truenos que semejaban despedazar el casco con su cólera, y furiosos los vientos cuya intención era la de arrojarnos a la perdición de la mar, por fin hemos visto la calma. Y no ha sido necesaria esta vez la tarea de deshacernos de los fallecidos, ya que más de la mitad de la tripulación se ha esfumado sin dejar rastro.
Días enteros de tranquilidad. Ni una sola palabra que interrumpa el suave rumor de las olas, ni las delicadas y frías caricias del viento sobre las velas. Nuestro ritmo es lento, pero agradable. Avanzamos directos hacia nuestro destino, sea cual sea. En cuanto a mí, no he querido salir del camarote. Tampoco ha solicitado nadie mis servicios. Tanto mejor. El mar sigue en calma.
Esta mañana me he descubierto entre un cúmulo de embarcaciones. Siluetas oscuras que parecen observarnos a nuestro alrededor. Arribamos en algún puerto desconocido, y solo los lastimeros quejidos de los cabos y el chapotear de algún pez nos dan la bienvenida. Corrí feliz a cubierta sin encontrarme con ningún compañero. Y aquí me hallo. Tampoco el capitán se perfila en lo alto del puente de mando. ¿Dónde está todo el mundo? Nadie ha salido para recibirnos, así como ninguna es la luz que nos ha guiado hasta aquí. ¿Dónde estamos en realidad?
Soy el único superviviente desde hace muchos días. Ahora lo sé. El barco parece haberse gobernado a sí mismo hasta este extraño puerto. El chirrido de las cadenas me dice que ha echado el ancla. ¿Quién queda a bordo y por qué no responde a mis llamadas? Empiezo a pensar que alguna fuerza sobrenatural me acompaña. Ahora, la carabela se balancea al compás de la corriente marina. Y yo con ella. Como una siniestra pareja de baile a la que soy incapaz de abandonar.
No queda comida ni bebida. Tampoco siento necesidad de alimento. Me he aventurado a salir a cubierta por segunda vez desde que me di cuenta de que algo me retenía en mi camarote. ¿Qué es ese peso sobre mis hombros? ¿Ese tintineo siniestro cuya localización me es imposible determinar? Observo con ojos llorosos la montaña a lo lejos, majestuosa como un titán con los brazos abiertos. Como un juez hecho de tierra y madera, que con sus viviendas escalonadas semiocultas entre los bosques, exhala su aliento sobre el pueblo. Un aliento que no es sino la bruma que, como dotada de vida propia, se empeña en envolverlo todo. ¿Se erige todavía San Sebastián en lo alto? ¿Existe reguardo entre las poderosas fortificaciones de su castillo? Tal cosa se nos aseguraba en la isla, a los lisiados y a los heridos, justo antes de partir rumbo a casa. Habíamos pagado el billete con nuestra sangre, después de todo, con nuestro valor y con nuestra entrega al imperio de España. Pero, al parecer, no era suficiente. Todavía no.
Es Vigo donde me hallo. El siempre fiel destino que nos acoge sin preguntar. ¿Dónde sino? He llamado a voces por todo el barco. Por los camarotes y el puente. Nadie responde. Y de nuevo me he entregado a la observación del paisaje. El intenso picor de mis ojos me impide enfocar la imagen como es debido, aunque puedo asegurar que la negrura de la cumbre se antoja más profunda que la del resto de la montaña. Por ello intuyo los baluartes. Las torres. Visualizo los férreos muros, con sus cañones y sus cabinas. ¿Están realmente allí o es producto de mi imaginación?
Ya no me es posible saber si es de día o de noche. A veces, olvido que estoy a bordo del barco que me ha escogido a mí como único compañero. ¿Existe alguien más en alguna parte? ¿Cuál ha de ser mi tarea a partir de ahora? Quizá esté encerrado en la oscuridad eterna sin darme cuenta, en las prisiones del inframundo o en cualquier otro lugar de castigo, pues muchas son ya las horas en las que he esperado en vano la fortificante luz del sol. Tampoco tengo familiares en ninguna parte, principal motivo por el que me uní al ejército colonial. Y como digo, las sombras persisten en ocultar mayor información a mis ojos torturados. Pero yo insisto. ¿Qué he de hacer si no? Escruto con todas mis fuerzas el horizonte. Cojeo por la cubierta de madera como un alma en pena, haciendo crujir las tablas bajo mis pies y sin saber a ciencia cierta qué extraña fuerza me impide salir de esta tumba flotante. ¿Qué me dificulta la sencilla tarea de descender por la escala de proa y correr libre por los muelles hasta la ciudad olívica?
Ni un solo vestigio de ser viviente. Ni una triste voluta de humo que por un casual saliese de alguna chimenea para arrojar un atisbo de esperanza a mi corazón. Nada más que nubes y oscuridad cobijando a las embarcaciones, que como bultos siniestros, danzan y suspiran agonizantes a mi alrededor. ¿Qué está ocurriendo? ¿Ha llegado hasta aquí la miseria de la guerra? ¿Lo ha hecho la ira de Nuestro Señor, acaso?
Ni una luz de un mísero farol. Ni un murmullo transportado por el viento. Ni una brisa que erice mi piel ¡Incauto de mí, que me resisto a comprender! ¿Cómo seguir negándolo? El grito terrible venido del oriente ha desgastado nuestras fuerzas al otro lado, allá en la isla. Derrotado nuestro empeño. Mitigado sin piedad un poder que creíamos infalible merced a los salvajes secesionistas. A los revolucionarios. ¿Quién esperaba tal cosa? Y Dios ha inclinado la balanza por capricho. Ha manifestado su cruel postura enviando mil plagas y enfermedades a nuestros valerosos hombres. ¿Cómo luchar contra lo divino? ¡Imposible! Él nos castiga, quizá por la sangre derramada en su nombre, quizá por la tortura de nuestros campos de concentración. Y lejos de recrearse con nuestros miembros amputados, con los terribles dolores que acucian sin descanso nuestras almas, con las heridas mortales, no contento, digo, con ver lacerados nuestros espíritus y mermada nuestra esperanza, se entretiene sembrando en nosotros la locura. Pero nada de eso importa ahora.
Unos pocos hemos sido los que escapamos con éxito de las garras revolucionarias, y a bordo de la única carabela que quedaba en la bahía nos hemos echado a la mar. Los americanos han aunado fuerzas con los rebeldes isleños. No hay esperanza. El imperio se derrumba. ¡Ni los vientos de mil tempestades podrán alcanzarnos esta vez!
El viaje con destino a la siempre valerosa no está siendo más terrible que el hambre y las enfermedades que cada día se llevan alguna vida. Muchos son ya los que nos han dejado, y por cuestiones de salubridad, el capitán ha ordenado tirar los cuerpos por la borda.