sábado, 7 de noviembre de 2015

La voz de lo inerte #15: Hallazgo asombroso (Un viaje increíble I)

Quisiera hablaros de mi hallazgo. Incluso desde mi perspectiva es algo asombroso, inaudito, increíble. ¿Podréis creerme? Espero que sí. Pero antes, es mi deber revelaros el camino recorrido, si acaso sirva este para infundir credibilidad a mi relato.
Quién o qué soy no importa. No perderé el tiempo intentando explicaros algo que ni yo misma comprendo. Os diré que viajo con el viento y eso debe bastaros.
Que también me adhiero a los objetos, animales e incluso a las personas y que así recorro diferentes distancias. Desde centímetros a miles de kilómetros. Pero mayormente es el viento el que me conduce. ¿A dónde voy? A ninguna parte y a la vez a todas partes. No miento si os digo que puedo permanecer en un mismo rincón más tiempo del que dispone cualquier ser vivo en la tierra. Y así permanezco a veces. Impasible. Imperturbable. Otras avanzo sin cesar a ritmos lentos y frenéticos. Pero eso tampoco importa en absoluto. Lo que importa es mi hallazgo. He sobrevolado a lomos del huracán áridas tierras. Tierras del color de la sangre y el fuego. He visto mil veces la catástrofe y la recuperación y me he descubierto llorando de alegría y también de pena por causa de las voces y los sonidos que a veces llegan hasta mí. Seguramente a destiempo. No importa. También he cruzado los mares y los océanos, por supuesto. Todos los mares y todos los océanos. El caso es que, tras meses de avance y retroceso sobre el impenetrable azul de las aguas del pacífico, llegué a un paraje desierto en el que nunca antes había estado. Cosa que creía imposible, dada mi longevidad. Pero así fue. No sabría decir dónde exactamente. ¿Un paraje desierto, he dicho? En efecto lo era, pero inundado al mismo tiempo de color y de vida.
No vida humana, eso desde luego.
Lo cierto es que, he de reconocer que tras incontables años e infinitos viajes erráticos he aprendido a controlar ciertas cosas. Como aferrarme a esto o aquello, según me apetezca, para ir aquí o allá usando las fuerzas de la naturaleza, como no puede ser de otro modo. Eso tampoco importa, pero quisiera mencionarlo para que podáis entender cómo llegué a donde llegué. Cómo di penetrado en las entrañas de aquella solitaria y espeluznante mansión.
Sea como fuere, lo hice. Una rata atemorizada corriendo entre los humedales que me transporta unos metros. Un conejo avanzando atento de madriguera en madriguera. Un rápido batir de alas que me impulsa un poco más. En fin. Que tras la calma llegó de nuevo la tormenta y de nuevo desde los cielos he visto la enormidad de la construcción. Al principio era solo una mancha oscura en el horizonte. Pero a medida que me acercaba se iba dibujando en puntiagudos tejados de negra pizarra. En imponentes fachadas de piedra serradas a plomo sobre el abismo de los acantilados. En pequeños ventanucos, como ojos oscuros, tal vez llenos de secretos, salpicados allá arriba, aquí uno, más allá el otro. Colocados sin orden ni concierto, observando indiferentes la lluvia, la espuma del mar y la violencia de sus embestidas. En buhardillas de ensueño y fantasía burlando las alturas. En tabucos y áticos que acariciaban las nubes cargadas de electricidad. Protegidos por el abrazo de mil plantas trepadoras. Y al acercarme más, el destello cegador de las agujas y los pararrayos. Las figuras esculpidas en la roca viva. Efigies aterradoras asomadas al precipicio con sus gigantescas garras y sus ojos llenos de odio. Parecían advertirme de una muerte segura. Pero, ¿qué podrían hacerme a mí? Absolutamente nada. Por lo que continué con mi avance llena de emoción y curiosidad.
Un arco metálico con unas letras que no alcancé a leer me dio la bienvenida a lo que supuse era la propiedad. Sea quien sea el propietario. La lluvia había cesado y avancé a rachas fuertes y débiles a ras de suelo, disfrutando del sonido de la hojarasca. Del silbido del viento entre los árboles lejanos. Tomando curiosas perspectivas de la edificación, que en esos momentos estaba ya bañada de tinieblas y el rojizo tono del atardecer. El aire se hizo frío y húmedo y la oscuridad más oscura. Aunque eso no es nuevo para mí. Caí al suelo en medio del camino. Me encanta esa sensación de vacío, aunque solo dure unos segundos antes de que el viento regrese. Advertí entonces unos surcos a unos pasos de mí. Eran viejos y la tierra estaba reseca y agrietada a su alrededor a pesar de la lluvia. Por mi experiencia puedo asegurar que eran las marcas de las ruedas de algún carruaje, aunque no hallé ninguno por ninguna parte. Esto me dijo que el lugar no había sido frecuentado en décadas. Tal vez siglos. Lo que aumentaba el misterio y exaltaba mi curiosidad. Avancé del mismo modo un poco más. Y otro poco hasta alcanzar la puerta, donde la brisa me dejaría, de momento. Cada vez estaba más emocionada. Más decidida a visitar ese lugar tenebroso. ¿Qué otra cosa tenía que hacer? Ninguna, por supuesto. Aunque tenía que intentar entrar antes de que una racha caprichosa me alejase de mi objetivo.
Por supuesto, la puerta estaba cerrada. Y a pesar de sus ciclópeas dimensiones no había recoveco por el que pudiese yo penetrar. ¿Os imagináis? Ni siquiera yo, que me cuelo por los intersticios de las puertas y las ventanas con facilidad, que penetro sin esfuerzo por el ojo de las cerraduras más diminutas. Pero no esa vez. No había forma de entrar. La puerta estaba sellada.
Tras una corta espera una rata oportuna emergió de unas cloacas al pie de los muros. No dudé un segundo. Entre su pelo húmedo y pestilente penetré en la mansión por unas tuberías enterradas, escondidas a la vista del que desconoce su existencia. Y tras una galería subterránea hecha probablemente por las propias ratas caminé bajo un suelo de tablas putrefactas. Me apeé en lo que parecía ser la antesala principal, donde la madera tenía mejor aspecto. El frío hubiese perforado la piel y los huesos de cualquier ser vivo y el silencio enloquecido las mentes más sensatas. Sin embargo, la oscuridad no era completa. Un levísimo resplandor procedente de alguna parte parecía querer convertir los negros en grises. Lenguas de debilísima luz acariciaban lánguidas las esquinas de piedra como dotadas de vida propia, proyectando sombras imperceptibles para el ojo humano.
La quietud se hizo absoluta.
Entonces me di cuenta de mi situación. ¿Cómo iba a desplazarme sin viento… sin animales ni plantas… sin nada de nada? La revelación produjo un sentimiento doloroso en lo más profundo de mi ser. Uno que conocía muy bien, pues me había pasado más veces. ¿Cuánto tiempo iba a permanecer en ese lugar terrible y muerto, abandonado de la mano de Dios? ¿Qué posibilidades había de que una rata u otro animal rastrero pasase de nuevo por ese centímetro cuadrado teniendo cientos y cientos de metros a su disposición? Pensé con esperanza en los pequeños seres de la noche, en los murciélagos, en reptiles e incluso en diminutas polillas. Una simple mosca sería suficiente para sacarme de allí.
Pero nada.
Me temo que tendréis que esperar al sábado siguiente para conocer el desenlace de esta historia. Tales son los devenires del tiempo. Los caprichos de la existencia. O tal vez la voluntad de la propia mansión.
Espero veros pronto.

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