sábado, 28 de noviembre de 2015

La voz de lo inerte: #18 La buhardilla (Un viaje increíble IV)

Si volvemos la vista atrás, exactamente siete días, podremos visualizar a nuestro misterioso personaje, convertida ahora en una bella y joven mujercita. Al pie de unas escaleras de caracol de vieja madera, vela en mano, cubría su desnudez con una mantilla de lino, tal vez de algodón, y nos mostraba un rostro iluminado por la cálida luz del día que, como velo ardiente, dejaba caer sus rayos para que se derramasen sobre su piel y sobre su pelo. Esta es la cuarta entrega de las cinco que conforman la pequeña serie de terror y fantasía iniciada el siete de noviembre. Recordad. Todo comienza en: La voz de lo inerte #15 y #16 (Hallazgo asombroso I y II) y continúa con La voz de lo inerte #17 (Hacia lo alto de la escalera) para concluir el sábado próximo con La voz de lo inerte 19# (El reflejo de los muertos).
Me gustaría que os preguntaseis una cosa: ¿Quién nos susurra al oído? ¿Qué personaje inerte protagoniza este fantástico viaje?
Caminé de puntillas casi todo el trayecto. No porque no quisiera hacer ruido, ni por causa del miedo, sino porque me gustaba hacerlo. ¿Cómo dar una mejor explicación? Me sentía bien. Es todo. Y ni en todos los eones habidos y por haber hubiese imaginado la delicadeza de la brisa sobre mi piel. Las rachas fuertes y a la vez suaves agitando mi pelo sobre mis hombros y mi espalda. ¡Ah, la vida y sus dulces y breves momentos!
Llevaba ya un buen trecho recorrido. La altura era considerable. Y ni por un momento dejaba de seducirme esa calidez extraordinaria de la madera sobre la planta de mis pies, en el breve pero intenso instante en que me elevaba sobre mis dedos pulgares y ladeaba mis caderas. Primero a la derecha. Después a mi izquierda. Podría continuar de ese modo por toda la eternidad. El caso fue que había dejado la vela atrás, con su palmatoria y sus raíces de cera derretida, en un recodo de la escalera más abajo, pues a esta altura ya no tenía necesidad de ella. La luz era brillante, dorada, esplendida y portentosa y me regalaba su inagotable fuente de calor y bienestar. Era un calor diferente a cualquier cosa que uno pueda imaginarse. Era más como… como un abrazo. ¡Qué cosa tan normal para vosotros! Pues así era, como una caricia protectora, rebosante de amor y ternura. La había apagado aplastando la llama con mis dedos, hablo de la vela, con la idea de tomarla a mi regreso. Lo cierto era que no sabía si podría abandonar este paraíso extraño y acogedor. Si querría. ¿Quién iba a impedirme permanecer la eternidad entera en este precioso lugar si quisiese? ¿En este lugar de ensueño? Supuse que nadie. Y al proyectar un momento la vista hacia abajo me sobrecogí. Tuve miedo. Pero solo fue un instante antes de elevarla de nuevo a mi destino, tan lleno de luz y esperanza. ¿Qué me esperaba ahí arriba?
Sin embargo, ese vistazo quedó cincelado en mi mente como una advertencia terrible. Como una imagen residual entre mis ojos. ¿Qué ocurriría al volver? Y si antes lo sospechaba, entonces estuve segura. La oscuridad palpitaba desesperada ahí abajo, deseosa de poseerme, de capturarme. Y al aguzar el oído la escuché gritar. Llamándome y prometiéndome una venganza segura si no acudía de inmediato. Y aunque segura de que esos pensamientos, esos temores, no eran los míos, volví la vista abajo, con desdén. Miré de hito en hito a la cara de las tinieblas y le sonreí. Para desafiarlas. Porque no pude no hacerlo. ¿Acaso la transformación que había comenzado en los sótanos todavía continuaba en proceso en las entrañas de mi cerebro? ¿Había de convertirme por fin en el ser que habitaba este cuerpo?
«Búscale»
¡Ah, la voz imperiosa! ¡Ya casi la había olvidado! Y con su tono grave y familiar me dejó claro que tenía un objetivo que cumplir. Una misión. ¿Y después qué? me dije, pues todavía podía controlar cierta parte de mis capacidades. Nadie me respondió más que otro pensamiento. Uno surgido del mismo cerebro. «Nada importa más que la misión. Solo tienes que seguir ascendiendo. Recuperar el mensaje».
Y así lo hice.
Pero al arrancar en carrera pisé mi propia mantilla y esta salió volando. Alcé la mano en un impulso que casi me hace caer, intenté alcanzarla estirando las manos, los dedos. Ya era tarde. Por lo que solo pude ver cómo descendía lentamente inundada de blanca luz, retorciéndose desesperada en dirección a la siniestra oscuridad. «Parece saber lo que le espera», me dije. Y en verdad gritaba de consternación al tiempo que el agujero negro abría los brazos, sonriendo y esperando a que la presa cayese sin remisión en su tela. Por mi parte, la luz en ese punto de la torre era más potente y abrazaba todo mi cuerpo, ahora desnudo, contrarrestando la falta de la manta con su calor y su esperanza. ¿Esperanza? Pero no importa. Seguí de puntillas, contoneándome con gracia, ascendiendo cada escalón como objeto de un millar de miradas curiosas. «Pero aquí no hay nadie». ¿O sí? La sensación me gustó bastante.
«Búscale»
Y era cierto. Tenía que buscarle. Así que eché a correr. Subí a toda prisa los escalones de dos en dos agarrándome a la barandilla, impulsándome también con los brazos. Sintiendo la brisa, un poco más fresca ahora, paseando sus dedos por mi vientre y la parte baja de la espalda. ¡Me hacía cosquillas! ¡Era muy agradable! Muy… ¿Cómo expresar esa sensación? No importa. Apuré todavía más sin temor a caerme, golpeando fuerte la madera con mis pies, pisando ahora completamente, coleteando el pelo contra mis hombros y mi espalda y riendo con picardía. No sabía muy bien qué me estaba ocurriendo, pero sí que las sensaciones humanas tienen siempre una fecha de caducidad. Que hay que disfrutarlas cuando se presentan. Y yo, por alguna razón desconocida, había sido elegida para buscarle. ¿A quién buscaba? ¿Cómo había muerto? ¿Quién me había matado? 
Esos pensamientos me frenaron de pronto. De detuve, jadeante, doblada sobre mí misma. Aferradas mis manos a mis rodillas y con un pinchazo, como aguijón envenenado, acompañando cada uno de los latidos de mi corazón. ¿Cómo he muerto? ¿Quién o qué me ha matado? La duda me corroía las entrañas, me clavaba sus garras como fiera enjaulada en mi interior. ¡Me hacía daño! ¡Mucho daño! Desesperada, reanudé la ascensión sin detenerme. Corrí y corrí gimiendo y gritando y a la vez recreándome en el sonido de mi propia voz. ¡Qué contradicción! ¡Qué locura! Seguí escapando de… ¿De qué demonios estoy escapando?
Pero no había tiempo para eso. Seguí avanzando, corriendo, ascendiendo, con el corazón golpeando fuerte contra mi pecho y mis costillas. Viendo el cono de la edificación estrecharse ante mis ojos desorbitados, cada vez más y más estrecho, pero sin llegar a alcanzarlo nunca. Comencé entonces a sentir los envites del viento sobre las paredes de madera a ambos lados, eran como gañidos lejanos y terribles, pues supe, los férreos muros de piedra habían quedado muchos metros más abajo, enterrados en la oscuridad. Recorría ahora un cascaron endeble de madera y cristal envejecido. Pero… ¿estaban las tinieblas persiguiéndome? ¿Avanzando escaleras arriba? ¡Qué tontería! Me detuve un segundo y agucé los sentidos. Temblorosa. Mirando atrás una y otra vez.
Enfocando y desenfocando mi visión. En efecto, podía sentir cómo la torre oscilaba levemente. Cómo se retorcía. A veces más fuerte. De un lado a otro. Crujiendo y emitiendo pequeños lamentos, como si me quisiese advertir que debía apresurarme. ¡Que tenía que darme prisa! ¡Que la oscuridad pronto me daría caza! Esperé un segundo más. Estaba exhausta. Aterrada. También retemblaban los cristales en alguna parte, repiqueteando sobre mi cabeza. Nerviosos. Impacientes por verme correr hacia mi salvación. Lo hice. ¡Vaya si lo hice! Y en mi frenesí miré hacia arriba. Vi con desaforada alegría la buhardilla a unos pocos metros sobre mí. Dibujada en lo alto. Era una pieza hecha de madera más oscura, como llena de humedad y podredumbre, estrecha y puntiaguda en lo más alto de la torre. Pero no había ya vuelta atrás. Subí más despacio el resto de las escaleras hasta llegar a la entrada. No tenía apenas fuerzas y me agarré al pasamanos para descansar. No era fiable, y amenazaba con arrojarme traicioneramente al vacío, así que la solté asustada. Miré a mi alrededor. Era ese un recodo rectangular en el que me hallaba, justo debajo del cuarto, donde apenas llegaba la luz. Sentí el frío penetrar mi piel. También un miedo más intenso.
«Apresúrate», parecían querer decirme los objetos circundantes. Pero yo solo pensaba en el frío. Ese extraño frío. ¿Con qué iba a cubrirme ahora más que con mis propios brazos? Tenía que entrar de una vez. Arriesgarme a que se desplomase conmigo dentro, en dirección a la oscuridad. ¿Qué otra opción me quedaba? Ninguna, por supuesto. Vi que para acceder al habitáculo existía una escalerilla vertical que terminaba en una trampilla. La subí vacilante, con brazos y piernas temblorosas, mirando de reojo la pequeña y oscura mancha al fondo del abismo. Avanzando a toda prisa. Emitiendo extraños y finos sonidillos. Sin duda esperando que cayese en sus brazos. Pero no me caí. Y al empujar la trampilla con mis manos esta no ofreció resistencia y accedí.
¡Ah! ¡Qué grandísima felicidad!
En siete días, amigos míos, este relato llegará a su fin. Espero que, cuando el momento llegue, no tenga yo que afrontarlo en soledad. La voz de lo inerte 19# (El reflejo de los muertos) tendrá lugar aquí, en lo alto de esta torre el sábado próximo. ¡Hasta entonces!

sábado, 21 de noviembre de 2015

La voz de lo inerte #17: Hacia lo alto de la escalera (Un viaje increíble III)

Si habéis leído La voz de lo inerte #15 y La voz de lo inerte #16, (Hallazgo asombroso I y II) entonces me habréis acompañado en mi fantástico viaje hasta este lugar. En caso contrario, os recomiendo que lo hagáis. De ese modo, tal vez podáis penetrar en el oscuro secreto que alberga este relato y ayudarme a comprenderlo. Sentíos libres de comentar más abajo. ¿Os habéis sentido atraídos por las lenguas de luz? ¿Habéis caminado a lomos de las ratas? ¿Os han trastornado los acúfenos que, como invasores, os impiden escuchar el silencio?
Espero que sí.
Lo que sucedió a continuación sobrepasa mi entendimiento. Me limitaré únicamente a narrar el proceso sin entrar en explicaciones ni teorías ―que aunque las tenga, son un tanto fantásticas y faltas de coherencia― delegando de ese modo, a mis recién adquiridos sentidos y mis capacidades cognitivas, la ardua tarea de investigación sobre el misterio que envuelve este maravilloso episodio. Me refiero, por supuesto, al hallazgo del cadáver y la nota encontrada en su mano y su presunta relación con este cuarto, dicho sea de paso, inexplicablemente vivo e iluminado. El apunte «recién adquiridas capacidades» quedará explicado de inmediato:
Cuando logré superar la resignación que me acomete en los momentos previos a una larga e infinita espera, me dispuse a realizar mis habituales ejercicios de concienciación. No entraré en detalles, por el momento, solo diré que así preparo mis pensamientos para un letargo indefinido y abro mi mente a la profunda observación del contorno en el que me he quedado atrapado. El resultado suele ser sorprendente, encontrando detalles que de ningún otro modo podrían ser encontrados, pues mi concentración es absoluta. Pero no caeré en digresiones innecesarias.
Estaba, pues, adherido mi cuerpo al metacarpo derecho que sujetaba la nota cuando comencé a sentir algo extraño. Como un hormigueo lejano procedente de lo que sea que hubiese en los sótanos inferiores. Pero entonces, con gran sorpresa, descubrí que procedía del interior de los amarillos huesos que daban forma al esqueleto. El cadáver sobre el que yo estaba anclado sin remisión. Agucé los oídos, expectante, nerviosa. Y hubiese contenido la respiración si hubiese tenido una. Más tarde la tendría. Y es que podía percibir una especie de corriente de algún tipo de líquido, tal vez agua, enérgica e incipiente dirigiéndose a donde yo estaba. Como ya imaginaréis, no pude hacer otra cosa más que esperar. Y esperé más con curiosidad que con miedo. Entonces, el armazón óseo comenzó a sacudirse. Al principio con suavidad, como si un ejército de hormigas lo estuviese cargando para llevarlo al hormiguero, pero después más y más fuerte. Hasta el punto de convulsionar. Sus piezas desencajándose. Saltando enloquecidas. Y entonces ―no sé explicarlo de otro modo― vi extendida mi visión a varios puntos diferentes del cuarto. Vislumbraba imágenes borrosas del techo visto desde abajo y al mismo tiempo en sentido horizontal. Sé que parece absurdo. Es como si tuviese varios puntos de visión… varios ojos. El hormigueo, más intenso ahora, hacía palpitar mi cabeza por la parte de mis sienes. Y me dije: ¿Mi cabeza? ¡Qué cosa tan absurda! Esa corriente se había colado en mi ser como un virus o un parásito, trasmitiéndome todas esas sensaciones que un minuto atrás observaba desde el exterior. ¡Sentía ese hormigueo dentro de mí! ¡Esa corriente infernal inundando mis entrañas! Llenándome de algo que no supe identificar. Quise pensar, tranquilizarme. Imposible. Mi mente lanzaba ahora pensamientos en todas direcciones. Fue como si me empujasen a patadas hacia el interior de un cuarto muy pequeño y repleto de cachivaches ―tantos que apenas había sitio para mí― y que inmediatamente una conciencia exterior me rindiesen cuenta de ellos. Pensé que iba a explotar. Que me saldrían los ojos de mis órbitas.
Fue entonces cuando mis puntos de visión cambiaron de nuevo. Comenzaron a oscilar en giros vertiginosos, enviándome destellos desde una altura considerable, más cerca del techo que del suelo. Vi la llama de la vela balancearse como un fantasma y sentí en mis tobillos la brisa que la impulsaba. Se retorció mi estómago por un súbito mareo. Cosquillearon algunos puntos en mi piel a la altura de mis hombros y… lo más sorprendente, sentí que el frío se abría paso a través de mi carne. ¿Pero qué demonios está pasando?, me dije atónito. ¿Qué son todos esos conceptos, lo cuales conozco solo por la observación, y todas esas sensaciones que… sí, sí, de acuerdo, las he experimentado muchas veces antes, pero solo en mi fuero interno… en mi pura imaginación? Alcé una mano para evitar desplomarme y me apoyé en la pared. La piedra estaba húmeda y el frío atravesó mis dedos como un cuchillo. Mis dedos… Y esos cachivaches se fundieron como metal candente en mi comprensión. Los asimilé. Los adopté como propios. ¿Qué eran? Todavía ahora me sorprende. ¡Eran los recuerdos de esa persona! ¡Y no solo eso! ¡También sus anhelos y sus temores!
Y por supuesto, lo comprendí todo.
Giré sobre mí misma con gran soltura. La sensación fue insuperable. Me contoneé de un lado a otro con insolencia ―no sé muy bien por qué lo califico de esa manera― e incluso di algún que otro brinco adolescente. Una larga melena color castaño caía sobre mis hombros, límpida y brillante. ¡Esas eran las cosquillas que jugueteaban como infantes sobre mi piel! Recorrí retozando toda la habitación, de rincón a rincón. Tomé en mis manos la vela y sentí la agradabilísima calidez que desprendía la llama. ¡Era feliz! ¡Y me reí a carcajadas! ¡Ah, celestial sonido ese que, como el más exquisito de los cristales, como la más suave de las yemas acariciaba y erizaba mi piel y atravesaba mis oídos y colmaba mi corazón! Entonces una lágrima de cera se desprendió. Descendió lenta por la vela y la palmatoria y, formando una gota de ámbar, deteniéndose en el tiempo para emitir ese solitario destello, se precipitó de pronto al vacío en dirección a mi mano. ¡Ah, el dolor! ¡Divina manifestación de la vida!
Pero pronto, mis recién adquiridos pensamientos reclamaron toda mi atención. De forma violenta. Y como imbuido de una fuerza terrible fijé mi vista al suelo. Casi con obsesión. Contraje entonces mis músculos. Fruncí mis cejas y apreté mis puños. Y un pensamiento perentorio se formó justo entre mis ojos, a la altura de la nariz, como una luz que solo yo podía ver. Que solo yo podía comprender.
«Búscale»
Donde antes estaban los restos de un carcomido esqueleto, ahora lucía una mancha oscura y siniestra. El polvo perfilaba los contornos de un ser muerto. Uno que había regresado a la vida a través de mí. De algún modo que, como he dicho al principio de este relato, soy incapaz de dar lógica explicación. De un ser muerto del que ahora yo misma formaba parte.
De un respingo me di cuenta de todo como si no lo supiese ya. Acepté la realidad con un sonoro golpe mental, estridente y doloroso, un chasquido más parecido a una bofetada que a un pensamiento. ¡Yo era ahora ese hombre o mujer! Me miré a mí misma con horror y vi la tez más blanca y más pálida que había visto nunca. Estaba desnuda, completamente desnuda y temblando de frío. Vi mis pies sobre sus puntillas, mis piernas jóvenes y esbeltas apretadas una contra la otra. Toqué mis pechos. Estaban congelados. Con gran nerviosismo me palpé la cara, los labios, las mejillas. ¡Fríos! ¡Muy fríos! Y pasé mis manos temblorosas ante mis ojos una y otra vez, como para cerciorarme que podía verlo todo tal y como imaginaba. Pero no era mi imaginación. ¡Ah, qué manos tan pequeñas y delicadas! ¡Qué increíble fuerza vital recorría mi cuerpo! Y sin embargo, estaba llorando. Llorando de tristeza. ¡Llorando desesperadamente! Y las lágrimas que, como cuchillas, se abrían paso por mis mejillas, frías y saladas como el mar. Y se colaban por mis labios y por mi boca.
«Búscale»
De nuevo esa orden imperiosa. Grave y gutural. ¡Tenía que buscarle inmediatamente! Pero, ¿a quién? ¿A quién tenía que buscar? Estaba muerta de miedo y al mismo tiempo comprendía que lo sabría cuando lo encontrase. Porque ella ―fuera quien fuese esa mujer― había llegado hasta allí impulsada por la más patética desesperación. Había venido a esta casa abandonada para encontrar una respuesta, cuando la muerte la encontró a ella. Eso también lo sabía. Lloré y proferí un grito desgarrador. Un grito de rabia. Y me sobrecogí por su sonido, tan diferente a esa risilla pícara y juguetona que había proferido antes. Tenía que ponerme en marcha enseguida. Pero antes…
Me cubrí con una mantilla de tela que encontré en el respaldo de la silla. Supuse que era de lino o algodón y me sorprendí al comprobar que estaba templada, como si alguien la hubiese estado usando pocos minutos antes. Me envolví rápidamente en ella, temblando de frío. No era muy grande, de un azul sucio y apagado, llena de manchas y con pequeñas borlas blancas y rosas en sus extremos, pero al menos me protegería el pecho y la cintura. Abrigaba también el miedo que, ¡novedosa sensación! Recorría ahora cada poro de mi piel… cada átomo de mi ser. No podía esperar más y salí al pasillo, vela en mano. Lo recorrí a paso ligero, chapoteando con los pies en los charcos y escuchando el sonido de mis resuellos. También mis llantos. Pronto llegué a las escaleras y las subí. Completé todo el trayecto en apenas unos pocos segundos, jadeando, pensando en la diferencia de tiempo con el lastimoso y lento viaje que me había conducido hasta allí.
Estaba en la antesala, desconcertada y tiritando de frío cuando miré hacia arriba. La visión me infundió un súbito placer. Calmó mis nervios como una mano sobre mi frente. Era la luz del día más hermosa que había visto nunca. La sentí en mi piel como una dulce caricia. Y sus rayos blancos y dorados procedentes de los ventanales allá arriba inundaban de magia y brumosas imágenes el majestuoso cono interior de la torre. Parecía un sueño. Un cuento de hadas. A mi izquierda, la tenebrosa oscuridad de la antesala por la que había penetrado parecía observarme con anhelo. Con su gélida respiración. Con miríadas de ojillos rojos correteando frenéticos y silenciosos de aquí para allá. Agucé el oído y escuché los chillidos agudos y breves, como lamentos apenas audibles, y también el trajinar de sus patas y dientes. Pero a mi derecha había otro mundo muy diferente. Unas bellas y seductoras escaleras de madera que se enroscaban en dirección al infinito. A lo más alto de la torre. Aquella estela maravillosa me hechizaba. Me sonreía. Era una promesa de amor que no podía desoír. Así que, escuchando el sonido sordo de mis propios pasos sobre la madera comencé la ascensión.
«Búscale»
El sonido reverberó de nuevo en el vacío como un susurro vehemente. Como una exhortación. Como un mandato divino de ineluctable cumplimiento. Apuré el paso sintiendo las tablas crujir bajo mis pies y el corazón se apuró en mi pecho. La esperanza, esa que ni siquiera era mía, infundiendo ánimo y alegría a mi espíritu.
¿A dónde voy? ¿Qué me espera en lo alto de esta torre?
Temo que tendréis que esperar siete días para ver la resolución. Hasta el sábado que viene.

sábado, 14 de noviembre de 2015

La voz de lo inerte #16: Hallazgo asombroso (continuación) (Un viaje increíble II)

Quisiera hablaros de mi hallazgo. Incluso desde mi perspectiva es algo asombroso, inaudito, increíble. ¿Podréis creerme? Espero que sí. Pero antes, es mi deber revelaros el camino recorrido, si acaso sirva este para infundir credibilidad a mi relato. Si no habéis leído la parte anterior, os recomiendo encarecidamente que lo hagáis: La voz de lo inerte #15 Hallazgo asombroso.
Permanecí largo tiempo en esa horrible tabla sumergido en el silencio y la tenue oscuridad. El resplandor, viniera de donde viniese, no parecía extinguirse nunca y de vez en cuando se escuchaba el carcomer de alguna alimaña o el arañar de algún roedor. Incluso me pareció escuchar pasos lejanos en las alturas. Tal vez el rechinar de la misma construcción o la acción del viento sobre los ventanales. No lo sé. Pudieron pasar meses o incluso años hasta que mi salvador apareció.
¡Ah! ¡Las alturas! ¡Qué prodigioso misterio hallaba uno si alzaba la vista en vertical! ¡Qué remolino brumoso se perdía hacia la cumbre de aquella espectacular torre! Porque estaba atrapado, entonces lo supe, en la base de una de las gigantescas y puntiagudas torres que había visto minutos atrás desde los cielos. Las escaleras y las balaustradas de madera milenaria giraban en su enloquecido ascenso, semiocultas en las sombras, empequeñeciendo a medida que se perdían en las alturas. Atravesadas estas de los rayos de luz procedentes de los ventanales que solo desde fuera había podido ver. Una luz amarillenta, tenue y mortecina, pues se trataba de los últimos destellos de la tarde. Agucé al máximo mis sentidos… pero nada pude ver en aquella impenetrable galería. ¿Alguna vez habéis estado bocarriba tanto tiempo que las perspectivas terminan por volver loco a tu cerebro? Yo sí. Miles de horas, y puedo deciros que es un efecto extraño. Por momentos incluso pude sentir en mi estómago el cosquilleo que siente uno al asomarse a un abismo.
Tal era el modo en que pasé lo que muchos llamarían eternidad. Escrutando los misterios. Observando aquella negrura desvanecerse para regresar con más fuerza pasadas unas horas. Y una vez. Y otra. Y mil más.
¡Ah, mi salvador! ¡No me he olvidado de él!
En realidad, salvadora. Una cucaracha.
Mecido por su torpe avanzar llegué al final de la estancia, donde las lenguas de luz retiraban provocadoras sus dedos a las profundidades de los sótanos. Había alcanzado unas escaleras. Y cuál fue mi sorpresa al toparme allí con diferentes corrientes de aire. ¡Se me hubiese colmado el corazón de alegría si tuviese uno! Los escalones eran de piedra. Estaban mohosos y húmedos, plagados de telarañas con sus inmutables centinelas, que no es que se muevan mucho, pero que podrían ayudarme a escapar en un momento dado. También había otras muchas clases de insectos y criaturas y… ¡válgame Dios! ese parecía ser un punto frecuentado por los seres de rojizos y malvados ojillos. ¡Las ratas!
A lomos de una de ellas descendí al primer sótano. La putrefacción era muy intensa y el silencio más y más profundo cada vez. Sin embargo, aquella luz, aunque indeterminada, parecía provenir de allí abajo.
Continué sin vacilar.
Por el sonido de borboteo descubrí que un hilillo de agua descendía por los escalones a mi lado. No pude determinar su origen, pero al ser consciente de su existencia y ayudado por los destellos anaranjados de luz pude ver sus tonos negros y azulados debajo de mí. Y al aguzar el oído percibí el chapoteo producido por las patas del animal. Descubrimiento, que me llevó rápidamente a otro y a otro hasta crear una realidad a mi alrededor, gracias a la cual ya casi no me hacía falta la vista. Las cosas mejoraban. Me acercaba cada vez más. ¿A dónde? No podía saberlo. Ni tampoco por qué me sentía tan atraída a descubrirlo. El caso es que me alegré mucho al darme cuenta de que mi rata y yo no viajábamos solos por esas escaleras tenebrosas, sino que formábamos parte de un numeroso rebaño de roedores que, por fortuna, avanzaban en todas direcciones. Mayormente hacia arriba y hacia abajo, pero también iban a la derecha, izquierda y todos los puntos intermedios. De ese modo, me sería fácil dirigirme a donde quisiese.
En pocos minutos llegué al final de ese primer tramo de escaleras. Habíamos descendido muchos metros y el aire estaba enrarecido. ¿Pero qué me importa a mí eso? El caso es que mi rata tenía la intención de seguir descendiendo, así que salté a lomos de otra que se dirigía a ese primer sótano. Tomé la decisión al comprobar que las lenguas de luz procedían de allí. ¿Acaso me estaban atrayendo hacia su origen? ¿A mí que apenas existo a los ojos de los seres vivos? Pensé en ello a medida que penetraba por una galería estrecha, también de piedra, donde las lenguas retrocedían lentamente por los arcos que conformaban el techo a cada paso que daba mi transporte animal. Miré atrás justo antes de doblar la esquina. La oscuridad arriba era tupida, como un muro hecho de la misma piedra que las paredes. ¿En serio acababa de pasar por ese lugar? Me avergüenzo de haber tenido esos pensamientos después de todo lo que he pasado. No me hizo falta saltar de un animal a otro porque solamente había una dirección hacia la que se dirigía el pasadizo. Hacia dónde mi rata, ahora solitaria, me conducía sin pérdida de tiempo.
Llegué a una habitación iluminada. No había más a donde ir.
Y en el umbral de la puerta me quedé mientras el despreciable roedor examinaba con sus rojizos ojos los restos de un esqueleto humano y olisqueaba el aire girando la cabeza en todas direcciones. Yo también lo examiné, justo después de echar un primer vistazo al cuarto para asegurarme que no había nadie.
Nadie vivo, me refiero.
La luz procedía de una vela. Estaba aferrada por su propia cera a la palmatoria que la contenía como las raíces rastreras de un árbol. La llama oscilaba por momentos, por lo que estaba claro que existía una débil corriente de aire. También con eso expliqué que las lenguas avanzasen y retrocediesen por el pasillo como dotadas de vida. ¿La procedencia de esa corriente? No pude adivinarlo. Lo que estaba claro era que no provenía del pasadizo ni de las escaleras. Tampoco pude explicar que las lenguas llegasen a la antesala más que la existencia de otra vela o candelabro situado en alguna parte. Tal vez hubiese pasado por alto su ubicación en mi descenso al mezclarse los destellos de ambas fuentes de luz en algún punto concreto. Pensé que tal vez hubiese muchas luces. No era un gran misterio. Seguí mi examen: La habitación era pequeña y estaba forrada de una madera dorada que parecía burlar los años con su esmalte brillante y con sus vetas rojas. ¿Qué era aquel lugar? ¿A quién había pertenecido? Los únicos muebles eran un escritorio, sobre el cual estaba la mencionada vela, una silla desvencijada y una cama de la cual solo quedaban los hierros y muelles oxidados del somier. ¿Y quién era ese hombre o mujer y qué había ido a buscar allí? ¿De qué había muerto? ¿Podría tratarse del residente de esa extraña habitación? Pronto descubrí que no. Y lo hice al leer el fragmento de papel que encontré en su mano.
Esa persona había ido a buscar una respuesta.
Era una nota manuscrita y su caligrafía era delicada y elegante. Decía lo siguiente:
«Existe un hombre sabio atrapado entre dos mundos. No está vivo, ni tampoco muerto. Y tal circunstancia le permite escrutar secretos de otro modo inescrutables. A veces terribles. A veces esclarecedores. Él asoma su cabeza y sus ojos vacíos se llenan de oscuridad. Su envejecida piel se desgaja en finos fragmentos, que como papeles, vuelan hacia el otro lado. Y se consume su carne. Y se descubren sus huesos. Resplandecerá entonces su alma eterna para cegar tus ojos. Y latirá su corazón inmortal para inundar tus oídos. Con la sensación de que no ha pasado ni un solo segundo regresará. Es entonces cuando obtienes tu respuesta»
Amigos míos: no sé si este relato tendrá continuación, ya que de nuevo me hallo atrapado en este lugar. Mi rata se ha ido y ningún ser viviente parece haber osado penetrar en esta habitación. La vela no se consume, pero alumbra. La quietud es absoluta.
Espero veros el sábado próximo.

sábado, 7 de noviembre de 2015

La voz de lo inerte #15: Hallazgo asombroso (Un viaje increíble I)

Quisiera hablaros de mi hallazgo. Incluso desde mi perspectiva es algo asombroso, inaudito, increíble. ¿Podréis creerme? Espero que sí. Pero antes, es mi deber revelaros el camino recorrido, si acaso sirva este para infundir credibilidad a mi relato.
Quién o qué soy no importa. No perderé el tiempo intentando explicaros algo que ni yo misma comprendo. Os diré que viajo con el viento y eso debe bastaros.
Que también me adhiero a los objetos, animales e incluso a las personas y que así recorro diferentes distancias. Desde centímetros a miles de kilómetros. Pero mayormente es el viento el que me conduce. ¿A dónde voy? A ninguna parte y a la vez a todas partes. No miento si os digo que puedo permanecer en un mismo rincón más tiempo del que dispone cualquier ser vivo en la tierra. Y así permanezco a veces. Impasible. Imperturbable. Otras avanzo sin cesar a ritmos lentos y frenéticos. Pero eso tampoco importa en absoluto. Lo que importa es mi hallazgo. He sobrevolado a lomos del huracán áridas tierras. Tierras del color de la sangre y el fuego. He visto mil veces la catástrofe y la recuperación y me he descubierto llorando de alegría y también de pena por causa de las voces y los sonidos que a veces llegan hasta mí. Seguramente a destiempo. No importa. También he cruzado los mares y los océanos, por supuesto. Todos los mares y todos los océanos. El caso es que, tras meses de avance y retroceso sobre el impenetrable azul de las aguas del pacífico, llegué a un paraje desierto en el que nunca antes había estado. Cosa que creía imposible, dada mi longevidad. Pero así fue. No sabría decir dónde exactamente. ¿Un paraje desierto, he dicho? En efecto lo era, pero inundado al mismo tiempo de color y de vida.
No vida humana, eso desde luego.
Lo cierto es que, he de reconocer que tras incontables años e infinitos viajes erráticos he aprendido a controlar ciertas cosas. Como aferrarme a esto o aquello, según me apetezca, para ir aquí o allá usando las fuerzas de la naturaleza, como no puede ser de otro modo. Eso tampoco importa, pero quisiera mencionarlo para que podáis entender cómo llegué a donde llegué. Cómo di penetrado en las entrañas de aquella solitaria y espeluznante mansión.
Sea como fuere, lo hice. Una rata atemorizada corriendo entre los humedales que me transporta unos metros. Un conejo avanzando atento de madriguera en madriguera. Un rápido batir de alas que me impulsa un poco más. En fin. Que tras la calma llegó de nuevo la tormenta y de nuevo desde los cielos he visto la enormidad de la construcción. Al principio era solo una mancha oscura en el horizonte. Pero a medida que me acercaba se iba dibujando en puntiagudos tejados de negra pizarra. En imponentes fachadas de piedra serradas a plomo sobre el abismo de los acantilados. En pequeños ventanucos, como ojos oscuros, tal vez llenos de secretos, salpicados allá arriba, aquí uno, más allá el otro. Colocados sin orden ni concierto, observando indiferentes la lluvia, la espuma del mar y la violencia de sus embestidas. En buhardillas de ensueño y fantasía burlando las alturas. En tabucos y áticos que acariciaban las nubes cargadas de electricidad. Protegidos por el abrazo de mil plantas trepadoras. Y al acercarme más, el destello cegador de las agujas y los pararrayos. Las figuras esculpidas en la roca viva. Efigies aterradoras asomadas al precipicio con sus gigantescas garras y sus ojos llenos de odio. Parecían advertirme de una muerte segura. Pero, ¿qué podrían hacerme a mí? Absolutamente nada. Por lo que continué con mi avance llena de emoción y curiosidad.
Un arco metálico con unas letras que no alcancé a leer me dio la bienvenida a lo que supuse era la propiedad. Sea quien sea el propietario. La lluvia había cesado y avancé a rachas fuertes y débiles a ras de suelo, disfrutando del sonido de la hojarasca. Del silbido del viento entre los árboles lejanos. Tomando curiosas perspectivas de la edificación, que en esos momentos estaba ya bañada de tinieblas y el rojizo tono del atardecer. El aire se hizo frío y húmedo y la oscuridad más oscura. Aunque eso no es nuevo para mí. Caí al suelo en medio del camino. Me encanta esa sensación de vacío, aunque solo dure unos segundos antes de que el viento regrese. Advertí entonces unos surcos a unos pasos de mí. Eran viejos y la tierra estaba reseca y agrietada a su alrededor a pesar de la lluvia. Por mi experiencia puedo asegurar que eran las marcas de las ruedas de algún carruaje, aunque no hallé ninguno por ninguna parte. Esto me dijo que el lugar no había sido frecuentado en décadas. Tal vez siglos. Lo que aumentaba el misterio y exaltaba mi curiosidad. Avancé del mismo modo un poco más. Y otro poco hasta alcanzar la puerta, donde la brisa me dejaría, de momento. Cada vez estaba más emocionada. Más decidida a visitar ese lugar tenebroso. ¿Qué otra cosa tenía que hacer? Ninguna, por supuesto. Aunque tenía que intentar entrar antes de que una racha caprichosa me alejase de mi objetivo.
Por supuesto, la puerta estaba cerrada. Y a pesar de sus ciclópeas dimensiones no había recoveco por el que pudiese yo penetrar. ¿Os imagináis? Ni siquiera yo, que me cuelo por los intersticios de las puertas y las ventanas con facilidad, que penetro sin esfuerzo por el ojo de las cerraduras más diminutas. Pero no esa vez. No había forma de entrar. La puerta estaba sellada.
Tras una corta espera una rata oportuna emergió de unas cloacas al pie de los muros. No dudé un segundo. Entre su pelo húmedo y pestilente penetré en la mansión por unas tuberías enterradas, escondidas a la vista del que desconoce su existencia. Y tras una galería subterránea hecha probablemente por las propias ratas caminé bajo un suelo de tablas putrefactas. Me apeé en lo que parecía ser la antesala principal, donde la madera tenía mejor aspecto. El frío hubiese perforado la piel y los huesos de cualquier ser vivo y el silencio enloquecido las mentes más sensatas. Sin embargo, la oscuridad no era completa. Un levísimo resplandor procedente de alguna parte parecía querer convertir los negros en grises. Lenguas de debilísima luz acariciaban lánguidas las esquinas de piedra como dotadas de vida propia, proyectando sombras imperceptibles para el ojo humano.
La quietud se hizo absoluta.
Entonces me di cuenta de mi situación. ¿Cómo iba a desplazarme sin viento… sin animales ni plantas… sin nada de nada? La revelación produjo un sentimiento doloroso en lo más profundo de mi ser. Uno que conocía muy bien, pues me había pasado más veces. ¿Cuánto tiempo iba a permanecer en ese lugar terrible y muerto, abandonado de la mano de Dios? ¿Qué posibilidades había de que una rata u otro animal rastrero pasase de nuevo por ese centímetro cuadrado teniendo cientos y cientos de metros a su disposición? Pensé con esperanza en los pequeños seres de la noche, en los murciélagos, en reptiles e incluso en diminutas polillas. Una simple mosca sería suficiente para sacarme de allí.
Pero nada.
Me temo que tendréis que esperar al sábado siguiente para conocer el desenlace de esta historia. Tales son los devenires del tiempo. Los caprichos de la existencia. O tal vez la voluntad de la propia mansión.
Espero veros pronto.