sábado, 29 de agosto de 2015

La voz de lo inerte #12 La bola de cristal

Ciertamente era un incordio que billetes de primera clase tuvieran que ser compartidos, aunque fuese con una sola persona. Para más con un hombre. ¿Qué clase de irónica broma era esa? ¿No había emprendido acaso ese viaje precisamente para escapar del machismo de estado de su país? Era eso o seguir soportando los protocolos de una aristocracia que se resistía al ridículo, en donde la hipocresía de sus círculos casi masónicos llenaba de halagos y honores a una joven y bella dama y de saliva sus delicadas manos… siempre y cuando tuviese a bien el aceptar como consorte a aquel más apropiado para los intereses de la familia, sin rechistar y con buena cara, y se comprometiese a educar después a sus hijas, si se diese el caso, en la misma disciplina. ¿Si tenía la suerte de tener un varón? ¡Ah, eso era otro cantar! Bajo la máscara de la moralidad y los principios una tenía que ceder sus deseos en favor de los intereses familiares y sentirse orgullosa por ello. ¡Ya estaba más que harta! Una mujer debía ser bella y sus modales exquisitos para poder aspirar a ser el bastón perfecto sobre el que un caballero de a bien se apoye. En su caso, a una damisela casadera de muy buen ver con una dote más atractiva, si cabe, que la gran belleza que Dios le había dado, no le faltaban pretendientes. Todos estaban a sus pies, por supuesto, pero pensando en alcanzar otra posición una vez que lograsen llegar a su alcoba. 
Y regresando al tren: Cual había sido su sorpresa al verse obligada a compartir las muchas horas que le llevaría viajar desde San Petersburgo hasta la próxima escala en Helsinki. Allí cambiarían de convoy y, por supuesto, exigiría un compartimento para ella sola. ¿Y qué importa si tenía que pagar más? Pagaría lo que fuese necesario, y de necesitarlo, compraría los favores de los empleados para que su siguiente compañía fuese la de una mujer, a ser posible, discreta y callada.
El acompañante era un hombre joven, apenas un chico, o al menos eso aparentaba, y por su vestimenta Aglaya Ivanovna dedujo que se había gastado todo o casi todo su dinero en un billete de primera clase por el puro hecho de ostentar; quizá para sentirse alguien importante por una vez en su vida. Esas eran terquedades frecuentes entre el vulgo, y más siendo joven e impulsivo. ¡Qué estupidez! ¿A dónde iría de esa guisa? ¿Es que no se había mirado a un espejo? En realidad, al tiempo que observaba las sombras y las luces entremezclándose a toda velocidad al otro lado del cristal se despreciaba por sentir algún interés por él. ¡Le escupiría de no ser una descompostura indigna de una muchacha! No podía evitarlo. No habían cruzado ni una sola palabra y ya le repugnaba su presencia. Lo despreciaba de veras, y además, apestaba a indigente y sus ropas estaban manidas y gastadas hasta el ridículo. ¡Qué sinvergüencería el emparejar a mujer y hombre en un mismo compartimento! Tendría que pasar la noche sin dormir por la poca consideración y escasa profesionalidad de los empleados de la compañía férrea.
Él, sentado justo enfrente de ella, observaba con gesto pensativo el reflejo del cristal, y entre sus piernas reposaba, al parecer, todo su equipaje: una bolsa de mano tan cochambrosa como sus ropas. Se fijó en sus manos y en sus uñas, y también en el pelo que le caía por debajo de su gorra marrón de pana a juego con los pantalones y la chaqueta. Sus zapatos, aunque limpios, estaban ya muy viejos. Aglaya contuvo la respiración tanto tiempo como pudo y después se cubrió la boca con un pañuelo. ¿Cómo deshacerse de él? Se veía incapaz de aguantar tantas horas en tan indigna compañía. Observó su complexión por debajo de sus ropas. Demasiado flojas para adivinar nada, aunque supuso que el chico estaría en los huesos. Tal vez dándole una propina para que fuese a la cafetería y cerrando después la puerta… Con mucha calma se levantó y comprobó la cerradura, y con menos calma se dio la vuelta al comprobar que no era posible la operación. ¡Menuda privilegio el viajar en primera clase! Era el dinero peor gastado en su vida. Volvió a sentarse con gesto airado enfrente del pordiosero. Y es que ni siquiera podía elegir sentarse en otro sitio, a no ser que lo hiciese en la litera. ¡En una litera una señorita! El chico parecía ausente y no se había movido ni un centímetro. ¿Qué cosas tendría en la cabeza alguien como él? Comprendía que los nobles y burgueses perdiesen su tiempo pensando en sus cacerías y ascensos y anhelasen las suculentas dotes de las bellas señoritas hijas de sus próceres y los posteriores revolcones con ellas después del matrimonio. Pero ¿en qué podía pensar un sucio mendigo? Supuso que soñaba con algo caliente que llevarse a la boca o unas ropas que le diesen una apariencia de dignidad aunque solo fuese por un día. Le pareció que la miraba de reojo… ¿Cómo se atrevía? Ya que dirigirse a él sería una degradación Aglaya se indignó y lo miró de hito en hito. De ese modo sabría el lugar que le corresponde. En realidad repugnaba tanto la peste corporal de ese mendigo como los perfumes dulzones y empalagosos de los marqueses, condes y barones que cada día se citaban con ella en la mansión o con su padre en el edificio de la asamblea de los nobles para pedir su mano. Entonces se fijó que el chico se ponía colorado… y es que ella no le quitaba ojo de encima.
«Oh, Dios mío ―pensó―. Acaso se haya hecho una idea equivocada de mí. Esto no puede quedar así. ¡Qué bajeza! ¡Qué horror!»
―Bien se ve que es usted un mujik ―le dijo con desprecio y clavando en él una mirada tan intensa que el chico se vio incapaz de corresponderla―. ¿Qué se le ha perdido en Helsinki?
―Mi destino es Suiza, señorita ―le contestó con timidez―. Un amigo y doctor residente allí asegura que las condiciones del tiempo me ayudarán con mi dolencia y…
―Querrá usted decir el clima ―respondió con mayor desprecio al darse cuenta de la posibilidad de que compartiesen el siguiente tren―. Si bien se le ve en la cara que padece usted de idiotismo. ¿Cómo ha podido hacerse cargo del billete? Mucho ha mendigado. ¿Toca algún instrumento?
―¡Oh, nada de eso! ―respondió levantando la cabeza y agachándola al encontrarse con la mirada furiosa de Aglaya―. He recibido una herencia que…
―¿Herencia? ―rio a carcajadas―. ¡Caray! Me parece usted demasiado joven para heredar. Y por supuesto tendrá algún título.
―Sí señora. Lo tengo. Tengo veintiocho años y soy príncipe. Mi nombre es León Nikoláievich Myshkin, para servirla a usted.
―¿Príncipe? ―palideció Aglaya, quien en efecto había escuchado antes historias de tan conocido personaje―. Es cierto que existe alguien con ese nombre, me es muy familiar a pesar de que no recuerdo ningún detalle. De todas formas, dudo mucho que tenga usted algo que ver. ¿Qué lleva en esa bolsa? Se la compro por cincuenta rublos. ¿Qué me dice? ¿Acepta?
El chico miró su bolsa y levantó tímidamente la cabeza a Aglaya Ivanovna.
―Solo llevo una muda y lo necesario para mi higiene personal. No vale ni eso que ofrece. Además, está muy vieja. ¿Para qué quiere comprármela?
―¿Que para qué? Pues para nada. Para tirarla por la ventanilla de inmediato. Para ver la cara de idiota que se le queda a usted. Pero dígame: ¿No lleva en esa bolsa la herencia de la que me ha hablado? Que por cierto, no me ha dicho a cuanto asciende. ¡Pero no piense usted que por ese hecho iba a dejar de tirarla por la ventana! ¡Ni aunque estuviese llena de billetes de banco me iba a dignar siquiera a abrirla! Pero dígame, dígame, ¿me la vende o no? Le doy cien rublos. ¿Qué le parece? ¿Quiere más?
―Se lo agradezco de veras ―respondió con las mejillas coloradas, ocultando sus ojos bajo la gorra―. Pero me hacen falta estas cosas, y no tendré necesidad de dinero en mi destino.
―Ya, claro. Eso es que lleva usted el dinero ahí dentro. ¡Le exijo que me lo enseñe! ¿Sabe acaso quien soy yo?
―Ya lo creo, señorita. Y el dinero no está aquí. Lo he transferido a…
―¿Transferido? Me extraña que conozca usted esa palabra. ¡Pero siga, hombre! ¡No se quede con esa cara de tonto! ¿A dónde lo ha usted transferido? ¡Hable!
Por la cara del príncipe Myshkin, era evidente que comprendía el repentino enfado de su acompañante. Puso una cara de lástima que la desagradó sobremanera y luego un gesto que denotaba la necesidad de comportarse con la mayor deferencia posible, sino con el verdadero respecto que una señorita de su clase ya merecía de por sí.
―En efecto, señorita… ¿Me permite la indiscreción de llamarla por su nombre?
―Por supuesto que no ―añadió girando la cabeza y bostezando―. No le reconozco siguiera el derecho de dirigirse a mí. ¡Qué indigno! No obstante, lo trataré como a un entretenimiento cortesía de la compañía férrea. Además, siempre he querido tener un bufón personal, por lo que le ordeno que siga hablando y no me tire más de la lengua. ¡Hable!
―Por supuesto, estoy a su entera disposición y…
―Hable y no me aburra, ¿quiere?
―¡Oh, claro! Pues, le decía que en efecto, he transferido el dinero al doctor Schneider: un médico suizo especialista en enfermedades mentales que tiene una clínica psiquiátrica en el cantón suizo de Valais.
―¿Mentales, dice? ―rio a carcajadas―. Sí ya decía yo que no me equivocaba en mis impresiones. ¡Siga, siga, por Cristo! ¡Esto se está poniendo interesante!
―En efecto padezco de idiotismo, señorita, lo que me ha impedido llevar a cabo el propósito de mi viaje a San Petersburgo, que era casarme con…
―¿Casarse? ―A Aglaya le caían las lágrimas de la risa―. ¿Casarse… usted? ¡Por Dios bendito, no sea ridículo! ¿Qué más, qué más? ¿Y quién era la desgraciada?
―Con una de las hijas de un reputado general ruso, el señor Iván Federovich Epanchin. Hablo de la señorita Aglaya Ivanovna Epanchin, la más joven y bella de las tres hermanas, a quien tuve el grandísimo honor de conocer y servir con mi humilde conversación.
―¿Y… qué ha sido de ella? ―apenas logró vocalizar Aglaya―. ¿Se sabe dónde…?
Myshkin sonrió con dulzura.
―Ella, para disgusto de la familia y mío, se fugó recientemente, al parecer, con un vizconde de medio pelo; un polaco refugiado en Francia atraído a Rusia a la orden de una misiva enviada por ella, puesto que el tal personaje se había quedado prendado de ella en uno de los viajes de los Epanchines a Europa. Conde, a quién por supuesto engañó para que preparase la fuga y dispusiese todo lo necesario haciéndole creer que le permitiría acompañarla. Pero… ¿está usted bien, Aglaya Ivanovna? Se ha puesto muy pálida. ¿Quiere un vaso de agua?
En efecto, Aglaya se había quedado exangüe, y su cara congelado en una mueca de horrible estupefacción.
―¿Quién… quién demonios es usted? ―gritó con un repentino acaloramiento y poniéndose en pie de un salto. Se acercó al cristal de la puerta y observó el pasillo desierto con los ojos desorbitados―. ¿Dónde está todo el mundo?
Aglaya Ivanovna trató en vano de abrir la puerta, y loca de desesperación comenzó a golpearla con las palmas. En tren atravesaba la oscuridad de un túnel con su rítmico e incesante traqueteo cuando el príncipe la agarró suavemente del hombro. Aglaya dio un grito.
―¿Qué hace? ¿Quién es usted? ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!
―Se lo he dicho ―respondió tranquilamente el príncipe justo cuando salían del túnel y la luz anaranjada de los faroles inundaba sus caras―. Mi nombre es León Nikoláievich Myshkin, su prometido. Por favor, no se alarme. No tiene nada que temer, se lo juro. Yo jamás osaría…
―¡Cállese! ―bramó enfurecida y lo empujó―. ¡Es usted un idiota rematado! ¿Qué pretende asustándome de ese modo? ¿Cree acaso que voy a casarme con usted por muy prometido que se crea?
―¡Oh, no! ¡Por supuesto que no! ―dijo al punto que regresaba a su asiento y la invitaba con una palmadita a sentarse a su lado―. Nada de eso se llevará a cabo, tranquilícese. Al menos no si usted no lo consiente. Supongo que la razón ha sido mi recaída, que como ve, me obliga a regresar a la clínica del doctor Schneider y a la tranquilidad de las montañas. Además, sabe bien que renunciaría a su amor si con ello pudiera usted alcanzar la felicidad. Renunciaría de inmediato a pesar de que la amo más que a nada en este mundo. Perdone mi atrevimiento, pero sé que usted también me ama, y que debido a…
―¿Cómo se atreve a decir eso? ¿Qué yo lo amo? ¡Qué tontería! ¡Está usted loco!
El miedo luchaba en su interior contra una incertidumbre cada vez mayor… y a su vez se abría paso en su mente una extraña sensación: la de que el príncipe Myshkin decía la verdad, y que en efecto, existía una enorme atracción hacia él. Pero el reconocerlo le corroía las entrañas. León Nikoláievich siguió hablando con gran pesar mientras el corazón de la joven Aglaya latía a la par del traqueteo del tren.
―Una desgraciada mala interpretación de usted con relación a mis encuentros recientes con la señorita Nastasia Filipovna lo ha echado todo a perder, lo sé, y por ello le pido mis más sinceras disculpas. ¡No ponga esa cara, por favor! ¡Le ruego que no llore, pues no la culpo a usted de nada, sino a mí! ¡Todo ha sido por mi culpa! Me sesgaría el alma en dos antes de permitir que un átomo de culpa afligiese su corazón. Déjeme que le explique: Ya por aquel entonces, me refiero a nuestra última cita, comenzaba yo a experimentar una penosa recaída, y entonces fue cuando…
―¡Idiota! ¡Cállese de una vez! ¡No es más que un idiota y un mentiroso! ―exclamó entre la resignación y la ira y se dejó caer en el sillón, suspirando y sollozando―. Bien se ve que quiere usted volverme loca. ¿Creé que iré a algún lugar con usted? ¡Le acusaré de violación si es necesario! ¿Cree que no soy capaz? ¿Dónde está todo el mundo? ¡Me romperé las ropas y saldré desnuda gritando y suplicando auxilio! ¿A quién cree que creerán?
El príncipe bajó la cabeza y suspiró.
―Todo el personal del tren está en sobre aviso, querida Aglaya. Y en cuanto a su destino, Lisaveta Prokofievna la espera en la estación de Helsinki.
―¿Mi madre… la generala… en la estación? ¿Cómo es eso posible? ¿Cómo ha llegado tan rápido?
―Por ahora el ferrocarril es más lento que los caballos y… bueno, yo la he avisado hace días―. Dicho esto se dejó caer a sus pies y le suplicó―: ¿Se casará usted conmigo cuando me haya repuesto, Aglaya Ivanovna? ¡La amo! ¡La amo mucho! ¡Por favor, tenga piedad de mí y no se arrepentirá!
―¡Ni loca! ¡Ni loca! ―exclamó y sintió que desfallecía―. ¡Antes prefiero la muerte! ¡Oh, Dios mío! ¿Qué he hecho? ¿Por qué me castigas? ¡Suélteme, no se atreva a tocarme con sus sucias manos!
Por unos momentos dejó de sentir el traqueteo del tren. Luego se hizo la oscuridad y poco después el completo silencio. Aglaya sintió que flotaba en el aire y que una brisa fría le mecía el pelo.
Entonces abrió los ojos y la vio. Estaba justo enfrente; era muy anciana. Una cofia azulona con ribetes dorados cubría su cabeza. Sus manos juntas en gesto de oración sobresalían de las anchas mangas de su túnica, también de color azul.
Durante algunos minutos la mujer la observó. Con calma, con sus ojos serenos sombreados de negro, dejando que Aglaya se tomase su tiempo para salir del trance. Y poco a poco los acontecimientos fueron regresando a la cabeza de la joven. Por fin lo comprendió todo. La pitonisa la miraba de hito en hito al otro lado de una resplandeciente bola.
―¿Ha sido su pregunta respondida? ―le preguntó con voz dulce.
Aglaya movió su cabeza en un gesto afirmativo incluso antes de recordar su pregunta y la bruja extendió su palma:
―Si tiene usted la bondad…
Aglaya puso un billete de cincuenta rublos sobre su mano. La bruja ni se inmutó, clavados sus ojos sobre los de la joven. Puso otros cincuenta y al gesto duro de la anciana le sustituyó una sonrisa estirada. Aglaya descorrió la cortina y salió de la tienda un tanto vacilante. Inmediatamente fue conducida a la salida del poblado por uno de los gitanos. Su cochero aguardaba con gesto preocupado.
En la casa del general se esperaba su aparición. Hoy era un día determinante. Los entremeses se habían dispuesto y las arañas brillaban más que nunca en el techo de los salones. Myshkin se había ataviado con sus mejores galas y los invitados murmuraban y cotilleaban impacientes.
Aglaya recordó su pregunta al tiempo que ordenaba las imágenes de la premonición: «¿Debo casarme con un hombre tan noble de corazón, tan bueno y cariñoso y sin embargo tan… idiota? ¿Qué ocurrirá si, a pesar de amarlo profundamente, no lo hago?»
Arrugó el recorte de periódico y lo tiró al suelo, quedando este, por capricho de la naturaleza y el azar, con la cara escrita volteada hacia arriba. En él se leía lo siguiente:
«¿TE PREOCUPA TU FUTURO? CONTACTA CONMIGO Y TE AYUDARÉ A DESCUBRIRLO»

sábado, 22 de agosto de 2015

La voz de lo inerte #11 El libro

Soy un sabio. Porque el sabio no se hace con opiniones, ni puntos de vista, ni supuestas verdades, ni biblias apócrifas, sino con la más pura observación del mundo que lo rodea. Con el humano corazón como único juez. Y mis palabras hieren, como hiere cualquier palabra. Y difieren, como difiere cualquier pensamiento. Y mis dudas forman un mar, que junto con las dudas de todo mortal, forman un inmenso océano de emociones, sentimientos, aflicciones…
Y digo: «Infundidme el respeto hacia el prójimo cuando sus actos me lleven por el camino del odio»
Y digo: «Es tema delicado el que enfrenta los sentimientos de las personas. Cómo se siente uno con respecto a algo no depende solamente de la propia naturaleza de su carácter, sino de las ideas de los que lo rodean. A menudo, sucede a la inversa. Uno siente afecto hacia aquel otro que comparte sus emociones. ¿Justifica esto ciertas cosas, ciertos comportamientos? En mi opinión, un NO rotundo. En alguna parte de mis páginas, tal vez olvidado entre los mil párrafos de mi epílogo, hablo del poder del hábito desde la perspectiva de uno de los antagonistas de una de mis historias. Lo personifico, el hábito, como un ente maligno para que encuadre en el texto, de carácter ficticio. Era más o menos así»
«Hábito: palabra que, por su entendimiento y experiencia personal, extrapolaba su definición con otras como: insidia, o incluso maldad o perjuicio, y que cualquier enunciación benigna que uno pudiese aplicarle sería injusta y engañosa. Sus muchas horas de reflexión le habían llevado a identificar aquello que está mal en su propia vida ―tal vez el Mal en sí mismo― pero que al ser una práctica que uno hace por hábito se llega a creer que es lo correcto, lo más normal del mundo. Incluso más que esa conclusión le atraía la idea de que el hábito anula el pensamiento, la reflexión sobre lo que uno mismo hace en su rutina, en su día a día. Tesis más que demostrada con el interminable problema del tabaco o el alcohol en todas las sociedades de todos los países del mundo. Y es que solo una débil y efímera línea separaba, en su opinión, el hábito de la adición, o incluso de la obsesión, impidiendo que un hombre cabal sea consciente de lo que hace, incluso si eso lo lleva a la misma muerte, o a la muerte de otros»
Y digo: «Un buen ejemplo ese, el fumar, como preludio de otras cosas más terribles. Consumir tabaco es algo perfectamente normal por el simple hecho de ser cotidiano. De ser un hábito propiedad de una multitud. De un grupo abierto. Sin embargo, es hecho demostrado que mata, que consume la vida, que destrozas familias, que rompe en mil pedazos sentimientos y emociones. Y que no solo acelera el fin de la existencia, sino que corrompe su calidad y echa por tierra las pocas posibilidades de que este se produzca de forma serena y natural. Y otro tanto sucede con el consumo de alcohol y otros temas sensibles y comunes en todas las sociedades. Claro que cada vez son más los que alzan su voz para advertir. Minorías valientes y desgraciadamente invisibles. Pero ellos solo tratan de proteger a los de su especie. Protegerlos de sí mismos, porque… ¿qué ocurriría si el hábito hiciese a una de esas multitudes crear una lotería mensual, por ejemplo, en la que el elegido fuese lapidado en la plaza del pueblo a manos de hombres, mujeres, ancianos y niños y posteriormente asado en una gigantesca barbacoa? De acuerdo, estoy exagerando. Y la idea la he sacado del relato que hizo famosa a Shirley Jackson. Pero, ¿acaso no os horroriza el hecho de torturar a un ser indefenso en la plaza de toros de turno? Sí, digo indefenso, porque cuando el perdedor ha sido elegido por el hombre, nada de lo que haga podrá cambiar su triste destino, el cruento final hacia el que se precipitará sin remisión. Y encontrará la muerte entre risas y aplausos. Entre vítores. ¿Qué puede ser más humillante, más sádico? ¿No os escandaliza, acaso, atravesar con mil lanzas el alma de un ser que nada sabe de tradiciones medievales? ¿Qué no comprende lo que le ocurre? ¿El indescriptible sufrimiento que emanan sus ojos, su aliento, su sangre? ¿En serio? ¿Alguno de vosotros se ha parado a pensar por un momento la barbaridad que eso supone? Es un ser ese que, como cualquier otro, como cualquier hombre, solo desea vivir en paz. ¿Por qué pagar un divertimento de unos pocos minutos con la vida y la tortura de alguien que, al igual que vosotros, ha sido puesto para poblar el mundo? ¿No es injusto exterminar una existencia y olvidarlo todo al día siguiente? ¿Qué ocurriría si fuesen los hombres los que hubieren de derramar su sangre sobre la arena para entretenimiento de una especie superior? Y ese ser superior podría alegar en su defensa que no es acto vano, ya que todos han de alimentarse de aquel que se encuentra por debajo en la cadena. Así es la vida. En ese caso, ¿no suplicaría el hombre por una muerte rápida? ¿Por una muerte sin dolor? ¿Acaso la muerte en sí misma no os asusta tanto más por el sufrimiento que por el dejar de existir?»
Y digo: «Por favor, pensadlo»
Y digo: «Alguien me aconsejó una vez: No comas sufrimiento»
Y digo: «Debe recaer la responsabilidad sobre el que tiene capacidad para tenerla» 
Y digo: «Sin embargo, el hombre se resiste a aceptarla. Obceca en descender a niveles de aquellos que jamás han tenido y que jamás tendrán capacidad de razonar»
Y digo: «El mundo es un gigantesco bebé. Un eterno pazguato»
Y digo: «Aquel que censura los actos ajenos a menudo no ve la crueldad de los suyos. Es cierto. Y recíprocamente. Y una rueda sin final. Y bla, bla, bla. Y tal vez, un problema sin solución. Olvidémoslo y pasemos a otra cosa»
La voz de lo inerte #11 el libro ( Ilustración)Ahora descansaré. Protegeré con mi tapa dura mis gastadas y amarilleadas hojas de papel. Son mis pensamientos. Ahogaré los gritos de dolor que acuchillan mi alma desde todas partes de este mundo. Son mis emociones. «No comas sufrimiento» De acuerdo. Tal vez no haya que llevar a extremos esta sugerencia. Me bastaría con ver cómo la cadena natural se sostiene en equilibrio natural. Con las justas injusticias.
Nada más.
Nada menos.


sábado, 15 de agosto de 2015

La voz de lo inerte #10 La pluma

Acontece a un padre tener un hijo feo y sin gracia alguna, decía don Miguel. Y con razón. Y como yo, cual flaco rocín cargase a lomos la adarga antigua, la lanza en astillero y demás chirimbolos, soy testigo de las palabras que mi sangre ha dado forma a través de mi espina de caña, y plasmados sus trazos sobre el amarillo lienzo, al olvido he echado sus años a cuestas.
Sus dicciones y susurros de locura cosechando polvo y escarcha, según se tercie. Sin caros ni baratos los lectores que a través de mí le dijeren a uno lo bello de leelle las vuestras hazañas, siempre en pro de los menesterosos, que son hoy los faltos de saber. ¿Y qué ha uno de inventar cuando el tiempo todo lo arrastra allá donde el hueco no encaja con la forma? ¿Adecuarse? Adaptarse o morir, dicen los sabios y también los eruditos. Pero es cosa inútil.
¡Acorredme, pues, señor mío, en esta última afrenta que a este vuestro avasallado pecho se le ofrece! Y como la prodigiosa mano de la que siempre he sido esclavo temía, sin par en el sentido estricto de la palabra, y si bien el prestigioso hidalgo no ha quedado sepultado en los archivos de la mancha, sí la elegancia de su lengua se torna agora inexistente. Y a fe mía que con vileza se ha visto sustraída de la luz del mundo moderno por aquellos que con su indiferencia otorgan, y con su evolución destruyen.
¿Queréis ver si es verdad lo que digo? No puedo sino emular por veces las frases, que con sus erratas y beldades originales, en tantas ocasiones han visto la vida a través de mi cálamo. ¿Cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué será del mañana? ¿El cómo vendrán a citación los sentimientos, tan llenos de elocución y alteza de estilo, que de ningún otro modo expresarse puedan? Nadie viene presto a responder a propósito de lo que pregunto, porque, para empezar, ya se halla mi vocabulario brutescamente adulterado con los usos impertinentes de los que he sido objeto. Espero no estar en la verdad en este caso, aunque eso me temo, y menos luego de ver la tierra desde los cielos, y ver los cielos desde la tierra, pues antes de que el tiempo oxide mi existencia y el olvido los pensamientos se lleve, impregnaré una postrera vez su gallardo espíritu, para que al igual que él, mi viejo y único amigo, mi existencia deje mácula en los corazones de los que todavía están por nacer.

sábado, 8 de agosto de 2015

La voz de lo inerte #9 La pared

Un ojo perdido en la profundidad de mis grietas. Una mente abstraída en algún punto de mi traje descolorido, cuyos fantásticos detalles solo son visibles para él en este momento. Es ese el punto exacto de partida de un viaje tan misterioso como impredecible. Uno con retorno. Al menos, casi siempre es así. Y yo puedo verlo todo. Como no. Puedo sentirlo todo. Porque las paredes oímos, es cierto, pero también vemos y sentimos. Y otras cosas más que tal vez os cuente en otra ocasión. El caso es que lo veo por fuera y también por dentro. A él. Veo en su cabeza. Sus pensamientos son los míos. Mis temores son suyos. Y la quietud en esta sala blanca es absoluta, ya que el silencio ha decidido que este será el momento preciso. ¿Cuál iba a ser si no? Que así sea. Surcando está su alma, la del hombre, los misterios de su propia imaginación, mientras que su corazón se encarga ávido de transportar a golpe de latido todas las sensaciones que han de culminar en su piel. Que pronto erizarán el bello y le producirán escalofríos agradables y terribles. Y él tantea con manos inseguras las paredes de esos senderos que recorre. Tergiversando eternamente los recuerdos a su paso. Amoldándolos a su antojo. A mi antojo. Modulando unos sonidos que ya no pertenecen a esta época, pero que atrapados en algún rincón de su hemisferio, esperan la liberación. Y camina y camina sin saber su destino. Y avanza incesante entre la oscuridad y las sombras. El pasadizo no tiene fin y cada nueva habitación a la que llega se transforma en algo nuevo y sorprendente. Siempre sorprendente. Algo que pudo haber sido real… tal vez en otro tiempo… tal vez jamás lo haya sido…  Porque el hombre tanto es un niño como adolescente en el interior de esos habitáculos de ensueño. Incluso un anciano a cuya edad no sabe todavía si llegará. Y charla con aquellos que ya no están. Y se ríe con ellos Y le cuentan aquello que no han podido contarle. Y recupera por fin el tacto y los olores de aquellas cosas… de aquellas situaciones… de aquellos momentos… ¿Quiénes son? ¿Qué quieren? ¿A qué época de su vida pertenecen? No quiere saberlo. No puede saberlo. Es imposible. Todo está muy confuso. Envuelto en dudas y sentimientos contradictorios. Porque esto no es un sueño del que pueda uno despertar. No señor. Él ya está despierto. Inconsciente… pero despierto. ¿No lo creéis posible? Os aseguro que sí.
Un portazo lo expulsa con violencia y sus ojos cobran de pronto el brillo de la vida. Se enfocan y se giran y observan atónitos a su alrededor. Observan al hombre de bata blanca que ha irrumpido en la sala, la cual le parece de repente la más fría del universo. La luz lo inunda todo como si no hubiera estado ahí un minuto atrás. El hombre sonríe.
―Es su turno ―escucha su voz grave pero afable.
Acude entonces la lucidez, como reaccionando a aquella fantástica voz, y sus facciones se relajan. Entrecierra los ojos. Suspira y contiene una risilla llena de nervios. El viaje se ha terminado por esta vez. En un rato llegará otro hombre… u otra mujer. Siempre es así.
―Por supuesto, doctor ―le dice y se dispone a seguirlo.
Ambos desaparecen tras la puerta. Los pájaros cantan en el exterior. Lo coches rugen al pasar. El silencio espera su momento. Yo también espero. ¿Qué iba a hacer si no?

sábado, 1 de agosto de 2015

La voz de lo inerte #8 La hoja

Debido a la grandísima emoción que sufre nuestro protagonista de esta semana (una bella hoja de roble) quisiera ser narrador además de testigo. Pido perdón, ya que mi voz ha de mantenerse oculta tras la cortina, pero ella, la hoja, no está hoy en condiciones de expresar sus muchos sentimientos. Así que, sin más preámbulo que una nota a continuación daré paso a las voces importantes a las que he encargado el peso de esta historia: la del poeta y el escribano pesimista.
Dos almas que relatarán un mismo hecho para sembrar dos impresiones diferentes en vuestros corazones.
El escritor dice:
Un símil es un arma poderosa. Mi recurso preferido. Uno capaz de transformar en la mente del lector una cosa en otra completamente diferente. Es casi como la magia. Por supuesto, hay una lista infinita de recursos, la mayoría igual de enriquecedores y maravillosos: hipérboles, metáforas, retruécanos, epítetos, rimas internas, paralelismos falsos… Pero entre todos, me quedo con el símil. Llamadme sencillo, pero con un concepto generalizado de esta herramienta puede uno adjudicarle una función completamente absurda a algo serio, o una seria a algo absurdo. Es posible imbuir conceptos imposibles o que solo tienen cabida en los sueños con solo una cita: «La miró. Sus ojos como suaves palmas recorriendo y acariciando su piel» Uno casi puede sentir el tacto y el calor de esos maravillosos ojos, ¿verdad? Con solo doce palabras puedes crear todo un mundo alrededor. Puedes dotar a los objetos o revestir los hechos con un cariz divertido, triste, melancólico según tu propia percepción o tu estado de ánimo. Según bailen o canten esos pequeños puntos de luz que nos dotan de animación y conforman, entre otros millones de cosas, nuestra imaginación.
Porque todo lo creado ha sido primero imaginado. Esa es el arma más poderosa de la que disponemos. Nuestro inagotable pozo de sabiduría. ¿No es maravilloso? Diría que con todo esto se forma, sin darse uno cuenta, una especie de pasadizo público hacia el corazón de aquel que ha decidido mostrar al mundo su creación. Sea lo que sea. Hacia su más pura esencia. Una senda que es común en conjunto pero única en cada individualidad. Un billete de primera clase al almacén de los secretos más íntimos. Porque todo lo que uno dice o escribe revelará ineluctablemente partes importantes de su ser. A ti, lector fiel o esporádico, o a todo el que tenga el don de escuchar. El don de abrir su corazón para dejar la bondad al descubierto. Para compartirla con una sonrisa. Un pase exclusivo para quien sepa interpretar las palabras. Para quien quiera interpretarlas. Un camino hacia el pensamiento y la personalidad. Hacia los sentimientos. Los dolores y las alegrías.
La hoja… sí, sí, en efecto. Pido disculpas por la digresión. Y puesto que las palabras se las lleva el viento, pero no la esencia que dejan en nuestros corazones, quiero recorrer con vosotros esos pasadizos para observar a nuestra protagonista desprenderse del árbol y caer lentamente sobre la hierba. Lo haremos a lomos de los narradores de hoy.
El poeta dice:
«Cuando decide que ha llegado el momento, y con un nervioso palpitar en su pecho, la hoja decide soltar sus brazos y desprenderse. Es el momento que tanto ha esperado. Un momento especial, único en su vida. Lo primero que siente es el vacío. La gravedad empujándola de repente. Y el viento, tal y como le han asegurado sus hermanos y hermanas, se apresura a extender su palma para amortiguar el golpe. La mece como a un bebé en su cuna. La arrulla con su silbido. Acaricia su espalda con su brisa fresca y suave y la acompaña con calma en el descenso. Ella suspira de alivio y el viento se ríe. Juega con ella. La lleva a la derecha. Luego a la izquierda. Despacio primero. Después hincha el pecho y sopla con todas sus fuerzas y la hoja comienza a dar vueltas frenéticamente. Se asusta un instante. Pero todo es un juego. No hay peligro. Un mero divertimento. Y rápidamente se apresura a posar su palma de nuevo bajo su espalda y a conducirla con ternura de un lado a otro. No pasa nada, le susurra al oído. Ya se ve el suelo. Ella mira por el rabillo del ojo. Es cierto. Miríadas de tallos verdes y delicados se balancean alegres para darle la bienvenida. Es toda una fiesta allá abajo. Quieren recibirla en un mundo por descubrir. Uno que comienza para ella. Para la hoja. ¿Qué será de mí? piensa con emoción. Vivirá y se secará entre las flores silvestres o dará saltos sobre ellas empujada por los caprichos del viento. Se mojará con la lluvia de invierno y tal vez termine en el río, donde el agua fresca la conducirá eternamente sobre su lecho. Conocerá cosas increíbles. Cosas lejanas, inalcanzables en otra vida. Mira un momento hacia arriba. Sus hermanos y hermanas la saludan con emoción. Se despiden de ella con sonrisas alegres y tristes a la vez. Tal vez con lágrimas en los ojos. Pero ella no pude verlas bien. Algún día nos encontraremos al otro lado, queridos, piensa y también llora. Sabe que ellos están pensando lo mismo. Que sienten lo mismo. Lo han hablado muchas veces. Ya casi está. Solo unos metros más»
El indiferente no dice nada.
El bohemio solo piensa en sí mismo y en su felicidad.
El realista se entristece, lo achaca a la crueldad de la vida y lo olvida todo en el mismo segundo para entristecerse con otra cosa.
El escribano es un pesimista consumado, es lo que le apetezca ser, y hoy lo expresa todo de la siguiente forma:
«Con una terrible presión constriñendo sus sentidos, se aferra hasta el último momento. Tiene que resistir. Su mente no lo acepta. Y es que como todo ser vivo no da cabida a su propio fin. Tiene miedo. Demasiado para llorar. Las demás hojas la observan con indiferencia. ¿Qué quieres? Ya sabías que este momento llegaría, le dicen con la mirada y se vuelven para seguir observando el horizonte. Ella sabe que resistirse le producirá más dolor. Pero no puede evitarlo. Su mente grita desde su interior. Un grito atroz y silencioso que le consume. No puede más. Ya no hay esperanza.
Y por fin se rinde.
No puede más y sus dedos son desgarrados de su tallo. Siente dolor y se suelta. Cae al vacío. La gravedad alza entonces sus garras, sonriente, y la atrae con todas sus fuerzas. Un tirón violento y codicioso. Ya te tengo, le dice. El viento aparece. Ambos se disputan el botín. Una lo arrastra hacia el suelo con frenesí y otro trata de arrebatársela zarandeándola sin piedad hacia los lados. Da vueltas y más vueltas. No ve nada. Se marea y pierde la perspectiva. La gravedad hace otra intentona y la hoja desciende muchos metros de repente. Y el viento sopla y la hace de nuevo ascender vertiginosamente. Y de nuevo lo mismo. Sigue girando sobre sí misma. A la derecha. A la izquierda. ¿No es suficiente lo que le espera? ¿Por qué no la dejan morir en paz? Desde abajo la maleza agita sus brazos. Está enloquecida, ávida de emociones, o eso le parece a ella. Solo tiene un segundo para observar los tallos verdes y marrones, pero cree que gritan y se ríen a carcajadas. Se alegran de tener algo en que pasar la tarde. Otra víctima para aliviar sus propias almas, ya que tarde o temprano compartirán su destino. Tal pensamiento no la alivia. Ella nunca le ha deseado mal a nadie y no va a empezar ahora. Entonces una sensación de vacuidad la arranca de sus pensamientos. Está desesperada y llora. Por fin puede llorar. La gravedad y el viento llegan a un acuerdo y la hoja se mece suavemente. Ya casi ha llegado. No merece la pena luchar. Entorna sus ojos hacia arriba esperando algo de compasión. Nadie la mira. Ni siquiera los hermanos y hermanas con los que ha compartido tantas y tantas estaciones. Nadie la echará de menos. Abajo le espera un mundo breve y tormentoso. Al menos le han dicho que era breve, aunque está segura de que le parecerá una eternidad. Estará fuera de la protección de las ramas que le dieron la vida. De la soberbia de las alturas, donde una piensa que nadie puede alcanzarle. Tampoco correrá la dulce savia por sus venas. Nunca más. Y ya ves. Le espera un final de los más terribles. Triste existencia. Será pisoteada por las personas o ingerida por algún animal. Será defecada. Zarandeada por el viento y humillada por la lluvia y el granizo. Pronto se pudrirá. De desgajará y sus pedazos se esparcirán por todas partes como despojos inservibles. Tal vez acabe en el río, lo que acelerará la putrefacción, y será conducida después por sus poderosas aguas como un reo. Para que todos vean su escarmiento. Su miseria. Para que sean testigos de su deshonor. De su vergüenza. De su destrucción. ¡Oh, Dios mío! ¡Ya casi he llegado al infierno! Ya no hay esperanza»