sábado, 18 de julio de 2015

La voz de lo inerte #6: La pistola

A veces uno no se imagina el alcance que tendrán sus acciones. Sucede esto porque la mitad de ese «a veces» la trascendencia es insubstancial. Intrascendente. Y en la otra mitad el hacedor jamás llega a descubrirlo, dado lo particular de la vida humana, tan poderosa en conjunto, pero tan frágil y breve en su ser individual. Por eso los logros notables de cada uno casi nunca llegan allá donde la imaginación creadora ha establecido sus bienintencionados objetivos. Bienintencionados.  Enfatizo porque hemos de suponerlos de ese modo y así hacer justicia en términos generales. Y es que nunca el trabajo culmina, si de arte y ciencia hacemos referencia, donde el artista o científico había supuesto su fin. Su objeto común. Porque siempre encuentra uno la continuación terrible a las acciones comenzadas por el ingenuo inventor o descubridor. Llámese malicia.
Y en cuanto a ingenuidad, sabed que ni siquiera los recorridos y sus direcciones responderán jamás a los designios que en un principio se establecen. Siempre se corrompen. Se desnaturalizan. En el mejor de los casos, los caminos que el artista y su obra habrán de recorrer serán escogidos por sus musas, llámese inspiración, pero ángeles de cárdena luz salidas de las cristalinas aguas de alguna fabulosa fuente, que es la imaginación, con su carácter caprichoso y espontáneo a cuestas y sus movimientos gráciles y delicados, siempre henchidos de evocación y nostalgia. Porque el creador no es tal, sino una herramienta de cuya elección ha de sentirse privilegiado. Así ha de ser. Y en el peor de los casos, la cara B de la moneda, serán los rayos y centellas en la metáfora, pero explosiones mentales en la realidad, ambos producto de las tormentas que siempre acucian a toda alma mortal en algún momento de su efímera existencia, digo pues, que serán sustitutos del lucero del alba. Del guía divino. De la estrella de oriente y su poesía.
Y mi pregunta es: ¿han de sentirse responsables las manos que empuñan la espada, tal vez víctimas de la humana tentación o de la ira? ¿La propia espada en sí, objeto inerte que nada puede hacer para conducir sus actos? ¿Ha de hacerlo aquel que ha empleado el martillo y el yunque para forjar el metal y templar el acero? ¿El cáñamo, quizá, poseedor de vida en otro tiempo y que envuelve ahora la empuñadura? ¿O la pluma que de ella pende? Ninguna de las opciones sino tú. Nadie más que tú lo hará, padre mío, que me has traído a este mundo para ejercer de dios. Para exaltar las sensaciones hasta su extremo. Para sembrar la eterna injusticia entre los hombres.
Y testigos seréis vosotros, corazones afligidos, aquellos que resultéis sobrevivientes a este terrible encuentro. Para vosotros que, postrados e indefensos como estáis ante mi boca de fuego, tengáis la suerte de salir indemnes al capricho del azar. A la rueda de la fortuna. A la casualidad. Al giro de la ruleta rusa.

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